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Libros

El vicio de la lectura me ha atrapado desde pequeña. Recuerdo haber empleado mucho tiempo de mi adolescencia en descubrir el mundo a través de las páginas de cuantos libros caían en mis manos y haber releído varias veces mis favoritos de la modesta biblioteca familiar que empezaban a formar mis hermanos. Creo que no tenía diez años cuando tuve el primer libro propio. Era el primero que estrenaba, porque antes había disfrutado con mis hermanas de la propiedad colectiva de algunos libros infantiles y de algunos que aparecían por casa como náufragos de vete a saber qué olvidos. Una mañana de Reyes me desperté con “Platero y yo” en los zapatos y muchos años después todavía lo deshojo de cuando en cuando. Todo lo que he leído después no me ha hecho olvidar las ilustraciones mínimas de aquella edición (Editores Mexicanos Reunidos. México, 1974), las letras irregulares de los tipos de plomo y la portada del burrito, para siempre azul en mi memoria.

Aquel libro es un pequeño tesoro al que el tiempo ha sido sumando muchos más. Hace pocas horas del último, uno de esos que se paladean despacito, apreciando cada frase, cada descripción, cada sentimiento atrapado… Los gustos literarios van cambiando con los años, pero las sensaciones permanecen similares, en un embrujo que cada vez se vuelve más difícil de atrapar. Cuando alcanza a experimentarse la lectura como una parte más de la propia realidad; cuando entre las páginas se encuentran formas de perfección; cuando la compañía de un libro es más verdad que otras que se rozan a diario, entonces, se hace el milagro de la literatura.

Lectora voraz durante la mayoría de las etapas de mi vida, he tenido la suerte de haber conocido en múltiples ocasiones todas esas sensaciones y son muchos los libros que evoco mientras lo pienso. Pero manda el último, en edición modesta, de bolsillo, de las que compro para viajar ligera de equipaje. En el caos de mi biblioteca, que empieza a resultar tan respetable como los años que he tardado en reunirla, mandan esos libros menudos, que me acompañan en las idas y venidas, pensados para leer con descuido. Los volúmenes gruesos con sus tapas de cartón se suelen quedar en casa, esperando ese hueco menos frecuente que me permitirá también acariciarlos.

Pensaba que no, pero llega un momento en el que empieza a remitir ese afán coleccionista que tan a menudo se asocia a los libros. Los espacios vacíos, livianos, se valoran más que el objeto que los ocupa y te desprendes con relativa facilidad de lo que ayer te parecía imprescindible. Con la biblioteca no me ha pasado todavía, pero presiento que falta poco.

De momento, el último libro que he comprado ha sido uno muy breve, ‘Indignaos‘ de Stéphane Hessel, que espera como siguiente lectura. A su lado, ocupando también un lugar mínimo, descansa sobre el escritorio otro hallazgo, que sospecho que me va a acompañar durante largos ratos de lectura. Se trata de un dispositivo electrónico, que pierde algo ese de romanticismo que aún tiene mi “Platero y yo” y que casi ha desaparecido de esas ediciones perfectamente frías que abundan en las librerías. Soy capaz de recordar muchas historias, innumerables paisajes y muchos menos tactos y cubiertas. Lo que importa, a la postre, es la experiencia de la lectura, con sus descubrimientos y la forma de sentirlos, para mi gusto muy por encima del libro como objeto fetiche.

Mi primer libro y el nuevo e-book. 

Buscando un enlace de ‘Indignaos’ descubro en Internet la edición en digital. De haberlo hecho antes, me habría ahorrado la compra.

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la Red se inunde con sus versos.

HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

I

(HIJO DE LA SOMBRA)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol a donde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

II

(HIJO DE LA LUZ)

Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.

Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que el fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.

La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido.

El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.

Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.

¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

Hablo y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

III

(HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA)

Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían qué grabada llevo allí tu figura.

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde sienten su alma las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

Esta hermosa propuesta parte de la linicitiva Leer, del Ministerio de Cultura con el apoyo de la red. El poema no sé bien si lo descubrí o lo reencontré hace muy poco en un concierto de Joan Manuel Serrat, que está haciendo un espectáculo intenso y precioso en la gira con su segundo maravilloso disco de poemas de Miguel Hernández. Altamente recomendable.

Video con la canción de Srrat


Lo normal

Cualquier decálogo al uso sobre cómo gestionar un blog, incluye la constancia. El buen bloguero ha de actualizar con frecuencia y con ritmo. Creo que esa es la norma básica y que incumplirla, debe ser algo así como saltarse algún mandamiento. A la vista está que me lo llevo saltando un tiempo, por razones tan variadas como la vida misma, entre las que no se encontraban la falta de cosas qué decir. Por suerte, hay unas pocas entradas que se han perdido en el intento, porque lo trágico de verdad sería quedarse muda, el vacío.
El verano, la experiencia del Camino -tan plena y felizmente concluido-, este otoño diferente que a estas alturas huele a chimeneas… Sensaciones que pudieran parecer menores, pero que tejen la vida que no se añora, ni se desea, sino la que se tiene.
Lo normal, es que se deje de hacer algo porque entre tanto se atiende a otros frentes y se está en otras cosas. Por este Post Secret ha pasado en estos últimos tiempos lo normal. Igual que ahora me he propuesto recuperar la normalidad. Aquí estaremos, para quien pueda interesarle.

Puesta de sol de otoño en el Tajo. (C. S. J.)

De poca importancia

El verano es para hacer cosas diferentes, ya lo he dejado dicho por aquí. Entre ellas, se encuentra el miniblog que empecé a principios de agosto y por el que me he prodigado en estas últimas semanas. Se trata de un formato más ligero y, sobre todo, más sencillo de editar, que me ha permitido postear desde el móvil, a pesar de que la cobertura de la red de datos no es mala: es peor. Hace tiempo que utilizo “Desde el iPhone” como una categoría más de este blog. Hasta ahora, me servía para identificar las fotografías tomadas con el teléfono, al que este verano he empezado a sacar partido como escritorio móvil. Escribir con un dedo sobre una pantalla mínima, no resulta el medio óptimo, pero sirve cuando no hay otro. Lo he utilizado para publicar un pequeño diario del Camino de Santiago que he completado en las dos últimas semanas, después de la andadura que inicié en el verano de 2008.

Mientras no he estado aquí, me he dejado ver por “De poca importancia“, el miniblog que he identificado como el hermano pequeño de este Post Secret. Una excursión más del verano y una experiencia muy satisfactoria. Tanto, que quiero que continúe después, porque me encuentro cómoda en ese formato. Aquí dejo el enlace, para quien quiera visitar mi casa de verano y saber qué ando haciendo:

La llegada

El final de una empresa que ha durado dos años y más de setecientos kilómetros está cargado de emociones. He llegado a Santiago temprano, antes de que la ciudad empezara a desbordarse de visitantes y me ha invadido la alegría cuando las torres de la catedral han empezado a asomar entre las calles estrechas. Hasta ayer mismo, no tuve la certeza de que conseguiría llegar, después de mucho esfuerzo, algunas calamidades y un inmenso aprendizaje vital. Santiago como meta es un icono con un fuerte valor simbólico. La verdadera llegada, como el Camino mismo, es, en realidad, interior. (Santiago, 12 agosto 2010)

Catedral de Santiago, desde la plaza del Obradoiro.

Tierra de toros

‘Tierra de toros’ se ha publicado como capítulo IV del libro “Con un traje de oro y grana”, editado por el Club Taurino Talaverano y el Ayuntamiento de Talavera de la Reina en mayo de 2010, como homenaje y conmemoración del 90 aniversario de la muerte de Joselito ‘El Gallo’.

Hoy el Parlament de Catalunya ha aprobado la prohibición de las corridas de toros en esta región a partir de 2012.

Contaba la periodista Josefina Carabias que en su pueblo pocos sabían el nombre del rey o quién fue Colón y que resultaban incontables los que ignoraban cómo se llamaba el continente en el que vivían. En cambio, no había nadie que no conociera por su nombre y peripecias al torero Juan Belmonte. Hasta la tarde de Talavera, José Gómez Ortega, Joselito ‘El Gallo’, y él compartieron carteles y la gloria del toreo nacional, y después de haberle sobrevivido cuarenta años, Belmonte acabó por descansar en paz en la misma tierra del cementerio de San Fernando, en Sevilla. El pueblo de la pionera periodista era Arenas de San Pedro (Ávila) y se refería a años muy próximos a aquel que colocó a Talavera, con un crespón, en la historia de la tauromaquia. Tiempos en los que no se soñaba con el invento de la televisión, pero la prensa gráfica y el boca a boca convertía a los toreros en mitos para las masas. Cuando un periódico, -el ‘ABC, edición de la tarde’ en el que Gregorio Corrochano contó sin adjetivos la cogida y muerte de Joselito, por ejemplo,- costaba cinco céntimos de entonces, o sea, de peseta, y Talavera tenía 13.362 vecinos de derecho y ni siquiera doscientos más de hecho.

El mito del torero se quedó congelado aquella tarde sobre el albero de la Plaza de Toros del Prado, mientras el tiempo ha pasado sobre la ciudad que le despedía desde los descampados que conducían entonces hasta la estación del ferrocarril. El Ensanche, que empezaría a trazar el mapa contemporáneo, estaba por dibujar y por las calles de tierra levantaban polvo carros y caballerías.

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Verano 2010

El verano es la estación del cambio, de la diferencia, de la renovación. Nos cambia el contacto con el aire y el sol, la ligereza ambiental de los días largos y las noches que invitan a abrirse, de par en par. Resulta agradable vivir bajo la liviana sensación que tan bien describía hace poco Rosa Montero, en una columna de despedida por vacaciones en El País:

Las vacaciones no duran tanto, pero son una estupenda oportunidad para zafarse un poco de uno mismo. Para atreverse a hacer otras cosas. Para intentar ser más libre y quizá un poco más feliz. Verano, de Rosa Montero. (El País, 13 de julio 2010)

Más libre y, quizá, un poco más feliz. Incluso cuando la carga de obligaciones no se ha aligerado todavía, el tiempo empieza a estirarse, las distancias se hacen más cortas y las emociones se vuelven más intensas. Está siendo un verano de risas tan desbordadas como las lágrimas. Los adultos sentimos demasiada vergüenza del llanto, como si fuera una revelación de debilidad. Pero el dolor es seguramente, con el miedo, el más humano de los sentimientos, porque sin sentirlo no sabríamos reconocer la alegría.

Tengo una fuerte sensación de pérdida de inocencia y he aprendido algunas cosas, que no se si me servirán para mañana. Por ejemplo, que lo importante es ahora, porque ese porvenir que planeamos con tanto esmero puede quedarse en un decorado. La vida no se puede aplazar y es eso imperfecto, a ratos aburrido y en raras ocasiones imprevisto que se nos viene encima cada mañana, antes de que tengamos el valor de echar el primer pie al suelo. Puede que antes haya firmado algunos plazos inútiles, suficientes para adquirir la certeza de que no quiero ni uno más. Vivir es sentir. Llorar y reir, sufrir y disfrutar. Y buscarse. Y dejarse encontrar. Y ser más libre y, porqué no, un poco más feliz.

Este verano podría tener muchas bandas sonoras, pero si tuviera que quedarme con una sería del gran Quique González, que me está acompañando en tantos momentos, de llanto o sonrisas. Aquí dejo su Rompeolas.

Agua y fuego

Recuerdo bien cuando me atrapó la magia de la noche de San Juan y en qué momento se me escurrió de las manos. El Tajo corría algo menos pobre y la orilla, junto al Puente Viejo, era una escombrera. Hace ya muchos veranos que una noche corta se prolongó muy largo. Después de que la hoguera fuera rescoldos y el vino se hubiera aguado del todo, una guitarra seguía acompasando las voces, rotas ya, deslabazadas siempre. La leña, el árbol, las hierbas, los conjuros… Y la sorpresa que se revelaba a aquel grupo, pequeño, en torno al fuego y al maestro de ceremonias. Disponiéndolo todo, haciendo elogio del solsticio de verano y de sus realidades y leyendas, de los placeres y los días, estaba José Luis Reneo, el pretexto de unión de una convocatoria no oficial.

La noche de San Juan fue una de las imaginaciones fértiles que supo hacer realidad. Durante unos años la disfrutamos, mientras al grupo, mínimo al principio, se le iban ensanchando las costuras. Acabó creciendo tanto, que se convirtió en otro y José Luis cogió conjuros y yesca y, con generosidad, cedió sus hogueras. Hasta entonces creo que no falté a ninguna cita de aquella comuna que cada año se iba haciendo más grande y se volvía un poco más ajena, y que resulta difícil de identificar en la fiesta masificada, institucionalizada y subvencionada que ahora se celebra a unos metros de las riberas, alicatadas de ladrillo visto. Son signos de los tiempos.

El Tajo pasa más mermado y sucio todavía que entonces. A días corre para volver a Albarracín, no para bajar a Lisboa, porque el aire puede más que la corriente. Duele verlo, como escuece la disputa en torno a lo que poco que van dejando del río, después de treinta años de trasvases y de toda una vida sin orden, ni concierto; sin apenas depurar las aguas residuales, ni fijar unos mínimos que permitan que el cauce no discurra muerto en amplios tramos.

Después de las jornadas de reivindicación del 19 y el 20-J, no hay que dejar de mirar al Tajo. Vigilantes y con la esperanza en que habrá otro Tajo, renacido de la rabia y de la idea, como cantó Machado:

La miseria que ha gobernado al Tajo va a tener su mármol y su día. Ya queda menos. Seremos testigos de ello. Entonces volveremos junto al laurel y lo celebraremos. Y el tribunal de la sedienta orilla dictará sentencia sobre los hombres y las mujeres que lo hicieron posible, los valientes; y también dirá de los cobardes, de los que hablaron y no hicieron; de los que pudieron, y al final temblaron. De los traidores, de los que siempre acabaron vendiendo al Tajo y su tierra. Pero, sobre todo, quedará constancia de los leales y firmes, de los que supieron lo que vale su tierra y sus ríos. Entonces, ese día, vendremos aquí otra vez, reiremos, beberemos bajo la música, y desde la sombra de los laureles bajaremos hasta el Tajo regresado. Que no os quepa duda: ese día llegará. (Palabras finales del manifiesto leído el 20 de junio de 2010 en los Jardines del Prado de Talavera)

Río Tajo a su paso por Talavera (Foto: C.S.J.)

Río Tajo a su paso por Talavera (Foto: C.S.J.)

Bandera blanca

Entre mis recortes favoritos hay una entrevista que Oriana Fallaci hizo a Ariel Sharon cuando era ministro de Defensa de Israel. Cuatro páginas publicadas en dos entregas en El País, allá por 1982, en plena guerra del Líbano, que  encontré años después. En un momento de la conversación, después de insistir sobre las razones de que el ejército israelí no llegara a entrar en Beirut, la Fallaci se dirige así al entrevistado:

¡Por el amor de Dios, no diga eso! ¿Pero qué historia es ésta? Ha bombardeado usted a esos civiles durante semanas de la manera más feroz, provocando incendios nunca vistos en una guerra, y sabe Dios que yo he estado en guerras, en todas las de nuestro tiempo. Durante semanas les bombardeó desde mar, tierra y aire, ¿y ahora viene usted con la historia de que quería ahorrarles unos cuantos cañonazos?

Ella recorrió como periodista las grandes guerras de su tiempo, el nuestro, y conoció a los personajes del siglo XX, un buen muestrario de los cuales reunió en un volumen grueso, “Entrevista con la historia” (Editorial Noguer, Barcelona, 1974), para mí referencia de un género informativo que me ha resultado algo esquivo. La cita sirve de ejemplo de una forma de abordar el género, sin solemnidades, hacia personajes que, como dice el título del libro, empezaban a ser Historia en aquellos momentos: Kisinger, Arafat, Willy Brandt, Indira Gandhi….

Antes que la Fallaci, convertida después en un personaje controvertido, fue Javier Valenzuela el periodista que me acercó a ese avispero del mundo que es Oriente Próximo, cuando con los ojos muy abiertos de estudiante ávida le seguía en El País y aprendía a entender qué estaba pasando y los porqués. Si mis pocas certezas al respecto se fueron asentando, se lo debo a sus crónicas y a los análisis en los que no he dejado de sumergirme cuando he tenido ocasión. De ahí empecé a sacar también la enseñanza de que el periodismo no ha de ser por fuerza neutral, porque a veces, para que merezca tal nombre, requiere de compromiso.

En la madrugada del lunes el Ejército de Israel asaltó en aguas internacionales la Flotilla de la Libertad, un convoy de cooperantes que intentaba romper el embargo a la población palestina de Gaza con un cargamento de alimentos, medicinas, juguetes… El ataque causó nueve muertos y decenas de heridos. El resto de los integrantes de la expedición fueron después detenidos, al margen de la legalidad internacional.

Durante los últimos días he leído y escuchado muchos análisis y opiniones sobre el ataque a la Flotilla. Con unos estoy más de acuerdo que con otros, porque para estas ocasiones y en este asunto no cabe la neutralidad. La acción no ha podido ser más desproporcionada para el supuesto peligro que el convoy de activistas representaba frente al ejército más preparado del mundo, que ha hecho un uso brutal de la fuerza, como han empezado a narrar los incómodos testigos, entre ellos los españoles Manuel Tapial, David Segarra y Laura Arau. Tampoco es justificable el castigo sistemático de la población palestina, merecedora de más atención y respuesta internacional de la que ha encontrado hasta ahora, que se suele quedar entre el silencio y la pasividad. El caso del Mavi Marmara y la muerte de los activistas tiene que servir al menos para que algo empiece a cambiar en el falso equilibrio de fuerzas en torno a Oriente Próximo y lo primero ha de ser el acoso a la población civil, víctima inocente de las estrategias de despacho y de las llamadas en saco roto de la ONU. La Flotilla de la Libertad ha sido una bandera blanca que actuaba en nombre del silencio de la comunidad internacional y el intento de presentar a sus integrantes como terroristas no pasa de ser un truco intragable incluso desde dentro de Israel.

A pesar del rechazo natural, ante hechos tan salvajes necesitamos hacer un esfuerzo por entender, que no es fácil, más allá de la simplificación y de la división del mundo entre buenos y malos. Hay contribuciones que ayudan, como la del periodista Enric González, desde Jerusalén: La fábula del pavo (en su  blog Fronteras movedizas).

Mapa de la tierra prometida, en el Monte Nebo (Jordania). En los días claros desde allí se puede ver Jerusalén y Belén. (Foto © C.S.J.)

Para la inmensa mayoría de los medios la Flotilla de la Libertad empezó a ser noticia a partir de la madrugada del lunes. Algunos lo habían elevado antes a sus titulares: Rumbo a Gaza, en Periodismo Humano.

Los cooperantes Manuel Tapial y Laura Arau han vuelto a estar activos en el blog Crónicas desde Gaza. La información que Manu Tapial difundió a través de las redes sociales y el blog, resultó esencial en las primeras horas después del asalto y confirmó el enorme potencial informativo de estas herramientas.

De amistad

Una de las cosas que no cambia del todo con los años son las referencias literarias. Neruda ha sido uno de mis poetas mayores durante largo tiempo, aunque hay espacios que ha dejado de llenar. Si de entre todos los libros me obligaran a elegir uno solo en el mundo, sería de poesía, porque se pueden leer hasta el infinito y no gastarlos nunca, pero quizás no de Neruda porque hay demasiados poemas que ya llevo incorporados a la memoria. Sus “Cien sonetos de amor” y los “Veinte poemas…”  me abrieron los sentidos y el corazón cuando, apenas adolescente, empezaba a amar la poesía.

Creo que ya he contado por aquí que en uno de los intentos más serios y prolongados, a la vez que fracasado, de dejar el tabaco, conseguí armar el núcleo de la biblioteca poética que tengo y que me ha permitido descubrir a autores que han pasado a ser vitales. Sin embargo, por mucho que sume, mis lazos inmediatos siguen estando en poetas que llevó grabados a fuego en la memoria emocional. Pablo Neruda, Pedro Salinas, por supuesto, Luis Cernuda… Porque a lo mejor -o a lo peor, no lo sé muy bien- el tiempo nos cambia menos de lo que creemos y en realidad sólo confirmamos que somos quienes siempre hemos sido.

Caía en la cuenta estos días, al hilo precisamente de un verso muy repetido de Neruda: “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Crecemos o menguamos en lo que vivimos, pero en esencia somos los mismos. Seres casi siempre frágiles, necesitados de asideros y entre los más firmes, siempre, la amistad. Las amistades antiguas se han construido a base de materiales imposibles de volver a reunir: la propia vida. Eso las hace incondicionales y las blinda.

Con cada persona que queremos, compartimos un código especial: un instante, un lugar, un lenguaje… O una canción. Ésta va dedicada. A Lidia Yanel, que hoy estrena destino profesional. Suerte, amiga.

Periodismo-pasión

Tiene 37 años y nació en Navarra, pero hace tiempo que eligió ser la única periodista extranjera que vive en Ciudad Juárez, en Méjico, uno de esos lugares imposibles del planeta en los que la vida tiene el efímero valor de una bala que silba. Judith Torrea ha recibido esta semana uno de los premios Ortega y Gasset de Periodismo, con los que el diario El País conmemora cada año el aniversario de su fundación y cuya entrega llega justo un día después del Día de la Libertad de Prensa. El premio se lo han otorgado por su blog Ciudad Juárez, a la sombra del narcotráfico, en el que desenvuelve su trabajo periodístico en una denuncia constante a la violencia extrema de este lugar fronterizo:

Ciudad Juárez se está acercando a los 700 asesinatos en los tres meses y casi dos semanas de este 2010, que se sumararán a los más de 5 mil en estos dos últimos años. Y a los más de 22 mil en todo México. Son las víctimas de la llamada guerra contra el narcotráfico. (Del blog de Judit Torrea, el 23 de abril)

Más allá de la épica, me ha cautivado la pasión que Judith Torrea transmite hacia el periodismo. En las entrevistas repite una explicación que convierte en principio: “Es que yo soy periodista”. Es su forma de enfatizar el sentido de la responsabilidad:

Soy periodista para contar historias y prefiero contar las historias que muchos no cuentan. Es mi pasión. (Del chat que mantuvo el 4 de mayo con los lectores de elpais.com)

En la era digital, el periodismo vive sumergido en un intenso debate sobre su propia pervivencia. Las opiniones oscilan entre la inminente desaparición de las formas comunes de hacer información, condenadas por falta de rentabilidad, y el absurdo de que los nuevos medios habilitan como periodista a todo hijo de vecino. Tengo la impresión de que en ese análisis, necesario porque se está viviendo una revolución, se deja de lado un ingrediente imprescindible. El papel se mantendrá todavía tal y como lo conocemos antes de reconvertirse en un exclusivo delicatessen de referencia, y no encuentro que la multiplicación de medios sea capaz de ocultar la falta de recursos con la que se desenvuelven. Pero percibo una grave amenaza sobre el periodismo que es la falta de pasión. A esta profesión le faltan muchas cosas, pero no todas son responsabilidad de los poderes que tanto se invocan, sean empresariales o políticos. Al periodismo le sobra pesimismo existencial y le falta corazón. Esa parte intangible, tan personal, tan necesaria, que no se puede meter en nómina.

Dejo el enlace a la entrevista que Iñaki Gabilondo hizo a Judith Torrea en su programa de CCN+. Una inyección de periodismo-pasión.

http://www.cuatro.com/noticias/videos/gabilondo-conversa-periodista-judith-torrea/20100504ctoultpro_9/

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