Acabo de leer “Historias de Nueva York“, del periodista Enric González. Me ha gustado tanto o más que la primera vez, pero lo he disfrutado de otra forma, sin tanta urgencia. Cuando sabes donde vas a llegar, dejas de tener prisa, lo que interesa es el puro placer de ir.
Leí “Historias de Nueva York” en el verano de 2007, antes de viajar por primera vez a Manhattan. Me duró una sentada y me causó un subidón, añadido al que ya me provocaba la proximidad del viaje. No fui al bar donde Dylan Thomas se tomó la última copa, ni a probar la mejor carne de la city y lamento no haber retenido lugares que ahora me parecen altamente recomendables. No seguí ninguna de las huellas que había dejado marcadas el autor, pero en cambio me quedé con su pasión por la ciudad y me empapé de su magistral forma de contagiarla.
El libro es una crónica escrita en la distancia, con hallazgos personales, sentimientos y recortes de historia, que atrapa como un imán. Me parece periodismo puro. Hace poco el escritor José Saramago describía con entusiasmo la satisfacción que llega a provocar su lectura, sin acertar a encuadrarlo en un género:
La palabra deslumbramiento no es exagerada. Libros sobre ciudades son casi tantos como las estrellas en el cielo, pero, por lo que conozco, ninguno es como éste. Creía que conocía satisfactoriamente Manhattan y sus alrededores, pero la dimensión de mi equivocación se manifestó clara en las primeras páginas del libro. Pocas lecturas me han dado tanto placer en estos últimos años. (Del Cuaderno de Saramago)
Después de leerlo, l
o presté y acabé por regalarlo. A algunos libros hay que dejarlos volar, porque merecen mejor destino. Éste ganó mucho con la mudanza. Hace algunas semanas volví a comprarlo para leerlo a poquitos, condurándolo, y de momento se quedará en casa, a mano.
Enric González ha sido lo que tantos periodistas hemos soñado alguna vez, corresponsal internacional. En Londres, París, Nueva York, Washington y Roma, por este orden, y ha escrito tres libros: “Historias de Londres”, “Historias de Nueva York” e “Historias del calcio”. En una profesión y un tiempo faltos de referentes éticos, me parece que él lo es, cada día desde esas columnillas de la sección de televisión de El País, su periódico, que busco como la recompensa a tanta inanidad. Disfruto leyéndole, porque me recuerda el valor de la palabra, de cada palabra, y por la envidia que me provoca su maestría para enhebrarlas.

