Una de las cosas que no cambia del todo con los años son las referencias literarias. Neruda ha sido uno de mis poetas mayores durante largo tiempo, aunque hay espacios que ha dejado de llenar. Si de entre todos los libros me obligaran a elegir uno solo en el mundo, sería de poesía, porque se pueden leer hasta el infinito y no gastarlos nunca, pero quizás no de Neruda porque hay demasiados poemas que ya llevo incorporados a la memoria. Sus “Cien sonetos de amor” y los “Veinte poemas…” me abrieron los sentidos y el corazón cuando, apenas adolescente, empezaba a amar la poesía.
Creo que ya he contado por aquí que en uno de los intentos más serios y prolongados, a la vez que fracasado, de dejar el tabaco, conseguí armar el núcleo de la biblioteca poética que tengo y que me ha permitido descubrir a autores que han pasado a ser vitales. Sin embargo, por mucho que sume, mis lazos inmediatos siguen estando en poetas que llevó grabados a fuego en la memoria emocional. Pablo Neruda, Pedro Salinas, por supuesto, Luis Cernuda… Porque a lo mejor -o a lo peor, no lo sé muy bien- el tiempo nos cambia menos de lo que creemos y en realidad sólo confirmamos que somos quienes siempre hemos sido.
Caía en la cuenta estos días, al hilo precisamente de un verso muy repetido de Neruda: “Nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Crecemos o menguamos en lo que vivimos, pero en esencia somos los mismos. Seres casi siempre frágiles, necesitados de asideros y entre los más firmes, siempre, la amistad. Las amistades antiguas se han construido a base de materiales imposibles de volver a reunir: la propia vida. Eso las hace incondicionales y las blinda.
Con cada persona que queremos, compartimos un código especial: un instante, un lugar, un lenguaje… O una canción. Ésta va dedicada. A Lidia Yanel, que hoy estrena destino profesional. Suerte, amiga.

Por cierto, a veces se dan coincidencias maravillosas y extrañas, precisamente estos días acabo de volver a ver “Desayuno con diamantes” y ¡me ha hecho llorar con ese gato maravilloso y esa gente encantadora! además tengo constantemente en la cabeza la canción, verlo en el blog me ha causado una impresión enorme como comprenderás.
Me encanta coleccionar estas coincidencias, porque no me parecen casualidades. Entre todo el territorio vital, me gusta saber que elegimos el mismo y que por encima del tiempo y la distancia seguimos compartiendo emociones. Sí, ese gato bajo la lluvia también me hace llorar.
Confieso que me dais envidia quienes tanto disfrutáis con la poesía, disponéis de una materia más de placer y disfrute, yo y gente como yo sólo podemos vislumbrar tales placeres.
Qué le vamos a hacer. Respecto a la amistad y como casi siempre, de acuerdo al cien por cien con una reflexión brillante.
Uno de los post más bonitos ; )
Fe de erratas:
Como puede deducirse, donde dice “puente” debe decir “puentes”. Perdón por el error mecanográfico.
Carmen, interesante reflexión en torno al poder de la palabra poética y de la amistad. Como, además, la entrada tiene un destinatario concreto (destinataria, en este caso), tu texto tiende puente capaces de aliviar y disolver distancias. Seguro que Lidia lo agradece.
Un saludo a ambas.
La reflexión nace desde la necesidad de reducir esas distancias que si nos empeñamos son sólo espejismos.
Visitarte en la calma de la madrugada se ha convertido en una costumbre y hasta hoy, Antonio, no se me ha ocurrido decírtelo. Fíjate si las distancias engañan… Nos seguimos viendo.