Entre mis recortes favoritos hay una entrevista que Oriana Fallaci hizo a Ariel Sharon cuando era ministro de Defensa de Israel. Cuatro páginas publicadas en dos entregas en El País, allá por 1982, en plena guerra del Líbano, que encontré años después. En un momento de la conversación, después de insistir sobre las razones de que el ejército israelí no llegara a entrar en Beirut, la Fallaci se dirige así al entrevistado:
¡Por el amor de Dios, no diga eso! ¿Pero qué historia es ésta? Ha bombardeado usted a esos civiles durante semanas de la manera más feroz, provocando incendios nunca vistos en una guerra, y sabe Dios que yo he estado en guerras, en todas las de nuestro tiempo. Durante semanas les bombardeó desde mar, tierra y aire, ¿y ahora viene usted con la historia de que quería ahorrarles unos cuantos cañonazos?
Ella recorrió como periodista las grandes guerras de su tiempo, el nuestro, y conoció a los personajes del siglo XX, un buen muestrario de los cuales reunió en un volumen grueso, “Entrevista con la historia” (Editorial Noguer, Barcelona, 1974), para mí referencia de un género informativo que me ha resultado algo esquivo. La cita sirve de ejemplo de una forma de abordar el género, sin solemnidades, hacia personajes que, como dice el título del libro, empezaban a ser Historia en aquellos momentos: Kisinger, Arafat, Willy Brandt, Indira Gandhi….
Antes que la Fallaci, convertida después en un personaje controvertido, fue Javier Valenzuela el periodista que me acercó a ese avispero del mundo que es Oriente Próximo, cuando con los ojos muy abiertos de estudiante ávida le seguía en El País y aprendía a entender qué estaba pasando y los porqués. Si mis pocas certezas al respecto se fueron asentando, se lo debo a sus crónicas y a los análisis en los que no he dejado de sumergirme cuando he tenido ocasión. De ahí empecé a sacar también la enseñanza de que el periodismo no ha de ser por fuerza neutral, porque a veces, para que merezca tal nombre, requiere de compromiso.
En la madrugada del lunes el Ejército de Israel asaltó en aguas internacionales la Flotilla de la Libertad, un convoy de cooperantes que intentaba romper el embargo a la población palestina de Gaza con un cargamento de alimentos, medicinas, juguetes… El ataque causó nueve muertos y decenas de heridos. El resto de los integrantes de la expedición fueron después detenidos, al margen de la legalidad internacional.
Durante los últimos días he leído y escuchado muchos análisis y opiniones sobre el ataque a la Flotilla. Con unos estoy más de acuerdo que con otros, porque para estas ocasiones y en este asunto no cabe la neutralidad. La acción no ha podido ser más desproporcionada para el supuesto peligro que el convoy de activistas representaba frente al ejército más preparado del mundo, que ha hecho un uso brutal de la fuerza, como han empezado a narrar los incómodos testigos, entre ellos los españoles Manuel Tapial, David Segarra y Laura Arau. Tampoco es justificable el castigo sistemático de la población palestina, merecedora de más atención y respuesta internacional de la que ha encontrado hasta ahora, que se suele quedar entre el silencio y la pasividad. El caso del Mavi Marmara y la muerte de los activistas tiene que servir al menos para que algo empiece a cambiar en el falso equilibrio de fuerzas en torno a Oriente Próximo y lo primero ha de ser el acoso a la población civil, víctima inocente de las estrategias de despacho y de las llamadas en saco roto de la ONU. La Flotilla de la Libertad ha sido una bandera blanca que actuaba en nombre del silencio de la comunidad internacional y el intento de presentar a sus integrantes como terroristas no pasa de ser un truco intragable incluso desde dentro de Israel.
A pesar del rechazo natural, ante hechos tan salvajes necesitamos hacer un esfuerzo por entender, que no es fácil, más allá de la simplificación y de la división del mundo entre buenos y malos. Hay contribuciones que ayudan, como la del periodista Enric González, desde Jerusalén: La fábula del pavo (en su blog Fronteras movedizas).

Mapa de la tierra prometida, en el Monte Nebo (Jordania). En los días claros desde allí se puede ver Jerusalén y Belén. (Foto © C.S.J.)
Para la inmensa mayoría de los medios la Flotilla de la Libertad empezó a ser noticia a partir de la madrugada del lunes. Algunos lo habían elevado antes a sus titulares: Rumbo a Gaza, en Periodismo Humano.
Los cooperantes Manuel Tapial y Laura Arau han vuelto a estar activos en el blog Crónicas desde Gaza. La información que Manu Tapial difundió a través de las redes sociales y el blog, resultó esencial en las primeras horas después del asalto y confirmó el enorme potencial informativo de estas herramientas.

no va a cambiar nada. Seguiremos años y años hablando de lo mismo, como lo venimos haciendo desde que yo tengo memoria. Ojala estas letras, y las que cada cual podamos escribir, sirvan para algo, pero el horizonte es tan negro como los ropajes de los fundamentalistas judíos.
El inconveniente de pensar que se es el pueblo elegido es ese, creer que todo te está permitido y puedes aplastar al vecino gratuítamente; si además has pasado por la broma de la Alemania de Hitler y tienes buena capacidad para publicitar y rentabilizar el sufrimiento -sufrimiento que nadie discute, todos lamentamos y confiamos que nunca vuelva a tener lugar-, tendremos una nación con un inmenso poder de chantaje emocional y que cree que todo le está permitido contando además con el incondicional respaldo gringo.
En fin, que muy mal todo, pero que no nos vengan con monsergas de antisemitismo, progresismo de salón ni semejantes sandeces.
Los israelitas tienen que verse de una vez como cualquier otra nación en el mundo, con idénticos derechos y las mismas OBLIGACIONES y no pensar que todo les está permitido.
Cinco días después del abordaje a la Flotilla parece que todo les está permitido. Hasta ahora el coste ha resultado ridículo, veremos si algo cambia, yo mantengo la esperanza y la lógica en que esta vez debe ser así. Veremos.