Recuerdo bien cuando me atrapó la magia de la noche de San Juan y en qué momento se me escurrió de las manos. El Tajo corría algo menos pobre y la orilla, junto al Puente Viejo, era una escombrera. Hace ya muchos veranos que una noche corta se prolongó muy largo. Después de que la hoguera fuera rescoldos y el vino se hubiera aguado del todo, una guitarra seguía acompasando las voces, rotas ya, deslabazadas siempre. La leña, el árbol, las hierbas, los conjuros… Y la sorpresa que se revelaba a aquel grupo, pequeño, en torno al fuego y al maestro de ceremonias. Disponiéndolo todo, haciendo elogio del solsticio de verano y de sus realidades y leyendas, de los placeres y los días, estaba José Luis Reneo, el pretexto de unión de una convocatoria no oficial.
La noche de San Juan fue una de las imaginaciones fértiles que supo hacer realidad. Durante unos años la disfrutamos, mientras al grupo, mínimo al principio, se le iban ensanchando las costuras. Acabó creciendo tanto, que se convirtió en otro y José Luis cogió conjuros y yesca y, con generosidad, cedió sus hogueras. Hasta entonces creo que no falté a ninguna cita de aquella comuna que cada año se iba haciendo más grande y se volvía un poco más ajena, y que resulta difícil de identificar en la fiesta masificada, institucionalizada y subvencionada que ahora se celebra a unos metros de las riberas, alicatadas de ladrillo visto. Son signos de los tiempos.
El Tajo pasa más mermado y sucio todavía que entonces. A días corre para volver a Albarracín, no para bajar a Lisboa, porque el aire puede más que la corriente. Duele verlo, como escuece la disputa en torno a lo que poco que van dejando del río, después de treinta años de trasvases y de toda una vida sin orden, ni concierto; sin apenas depurar las aguas residuales, ni fijar unos mínimos que permitan que el cauce no discurra muerto en amplios tramos.
Después de las jornadas de reivindicación del 19 y el 20-J, no hay que dejar de mirar al Tajo. Vigilantes y con la esperanza en que habrá otro Tajo, renacido de la rabia y de la idea, como cantó Machado:
La miseria que ha gobernado al Tajo va a tener su mármol y su día. Ya queda menos. Seremos testigos de ello. Entonces volveremos junto al laurel y lo celebraremos. Y el tribunal de la sedienta orilla dictará sentencia sobre los hombres y las mujeres que lo hicieron posible, los valientes; y también dirá de los cobardes, de los que hablaron y no hicieron; de los que pudieron, y al final temblaron. De los traidores, de los que siempre acabaron vendiendo al Tajo y su tierra. Pero, sobre todo, quedará constancia de los leales y firmes, de los que supieron lo que vale su tierra y sus ríos. Entonces, ese día, vendremos aquí otra vez, reiremos, beberemos bajo la música, y desde la sombra de los laureles bajaremos hasta el Tajo regresado. Que no os quepa duda: ese día llegará. (Palabras finales del manifiesto leído el 20 de junio de 2010 en los Jardines del Prado de Talavera)
- Río Tajo a su paso por Talavera (Foto: C.S.J.)


He sentido la nostalgia de no estar en junto al Tajo la noche de San Juan. Este año vi arder otra hoguera en otro entorno, otros rostros. Añoré a José Luis Reneo y os recordé, a todos los que saltamos la hoguera aquellos años en que el solsticio era un motivo mágico y sincero, entre amigos.
Vi a Antonio del Camino en el youtube, oí su pregón tan emotivo y gozoso, me ayudó a palpar una atmósfera, entre polvo y cenizas, y evocar el olor de las aguas del viejo Tajo… en el fondo pixelado de la pantalla. Gracias, Antonio.
He recordado a un círculo de periodistas talaveranos acercando sus micrófonos hacia José Luis Reneo, acorralado entre el puente viejo y la información. Dijo: “Vaya, me siento como la mujer de Roldán…”