El verano es la estación del cambio, de la diferencia, de la renovación. Nos cambia el contacto con el aire y el sol, la ligereza ambiental de los días largos y las noches que invitan a abrirse, de par en par. Resulta agradable vivir bajo la liviana sensación que tan bien describía hace poco Rosa Montero, en una columna de despedida por vacaciones en El País:
Las vacaciones no duran tanto, pero son una estupenda oportunidad para zafarse un poco de uno mismo. Para atreverse a hacer otras cosas. Para intentar ser más libre y quizá un poco más feliz. Verano, de Rosa Montero. (El País, 13 de julio 2010)
Más libre y, quizá, un poco más feliz. Incluso cuando la carga de obligaciones no se ha aligerado todavía, el tiempo empieza a estirarse, las distancias se hacen más cortas y las emociones se vuelven más intensas. Está siendo un verano de risas tan desbordadas como las lágrimas. Los adultos sentimos demasiada vergüenza del llanto, como si fuera una revelación de debilidad. Pero el dolor es seguramente, con el miedo, el más humano de los sentimientos, porque sin sentirlo no sabríamos reconocer la alegría.
Tengo una fuerte sensación de pérdida de inocencia y he aprendido algunas cosas, que no se si me servirán para mañana. Por ejemplo, que lo importante es ahora, porque ese porvenir que planeamos con tanto esmero puede quedarse en un decorado. La vida no se puede aplazar y es eso imperfecto, a ratos aburrido y en raras ocasiones imprevisto que se nos viene encima cada mañana, antes de que tengamos el valor de echar el primer pie al suelo. Puede que antes haya firmado algunos plazos inútiles, suficientes para adquirir la certeza de que no quiero ni uno más. Vivir es sentir. Llorar y reir, sufrir y disfrutar. Y buscarse. Y dejarse encontrar. Y ser más libre y, porqué no, un poco más feliz.
Este verano podría tener muchas bandas sonoras, pero si tuviera que quedarme con una sería del gran Quique González, que me está acompañando en tantos momentos, de llanto o sonrisas. Aquí dejo su Rompeolas.

Qué gusto da leerte. Buen verano.
Claro que no se pueden hacer planes, ni aplazar la vida, porque ella solita te lleva por donde quiere. En todo momento y en todas las épocas. Hasta en verano…
Discrepo, estival y cordialmente.