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He hablado en otras ocasiones de Madrid, mi Madrid, el foro, la ciudad con un latido rotundo en la que crecí, de edad y como persona, y a la que sigo volviendo casi sin dejarla. En los últimos meses, he estado en Madrid con mucha más frecuencia todavía de lo habitual y he recuperado ese sabor de ciudad irreverente, alternativa, mosaico y, sobre todo, libre. Por temporadas Madrid ha padecido la incomprensión de quienes han recibido la encomienda de su gobierno, pero tengo la impresión de que la personalidad de la propia ciudad, tan diversa, ha acabado por imponerse a la de sus gobernantes.

Del Madrid de Carlos III, de Tierno, de Gallardón se ha transitado al Madriz de los madrileños, que llevan en su libertad el privilegio de haber nacido en cualquier otro sitio. Lo he contado otras veces aquí mismo, me apasiona Madrid y aprendí a saborearla aún más después de una primera visita a Nueva York. En el latido callejero de las ciudades se siente su verdadero ser y el de Madrid es tan fuerte, tan personal, que resulta imposible resistirse a tomarle el pulso.

A eso se dedican algunos lugares especiales que se han colocado la ´zeta´ con la que los madrileños llaman a su ciudad (su ciudaz, más bien), para promocionar una dimensión de Madrid que no aparece en las guías turísticas. La que palpita en sus calles, en sus tiendas, en sus bares y hasta en sus genuinas cañas, tiradas como sólo en Madrid saben hacerlo. Seguramente también tenga inconvenientes, pero permitanme que hoy no me apetezca verlos. Prefiero recomendar un paseo por la Madroñosfera de Madrid me mata o una visita a cualquier esquinazo del Madriz 2.0. Con zeta, naturalmente.

Aquí dejo un pedacito de mi Madriz, sin afán artístico. Mi primer vídeo desde el iPhone.

Recorrí el Camino de Santiago desde Puente la Reina (Pamplona) hasta los pies de la catedral entre los veranos de 2008 y 2010. Ya he contado aquí algunas experiencias de la primera parte del Camino y de la que realicé, ya hasta Santiago, en 2010. De ambas, me ha quedado la nostalgia de echar de menos cuando llega el verano el polvo y el silencio del campo. Una soledad árida que no me resultaba ni mucho menos nueva, que para eso una es de la ancha Castilla, con sus veranos en los que no se pone el sol hasta muy tarde. La primera vez caminé 20 días seguidos, la segunda sólo necesite la mitad para llegar a la última estación. Ambas partes fueron diferentes, pero las disfruté inmensamente y sigo haciéndolo cada vez que evoco las imágenes y sensaciones que se agolpaban a cada paso.

La dureza de Tierra de Campos se hace liviana cuando te falta el aliento en la subida a O’cebreiro. La incomodidad de las inmensas naves de literas de los primeros albergues, se añora cuando tienes que dormir al raso, con la niebla cayendo hasta el suelo y el frío de la amanecida del alto de O´Cebreiro. Encontrar un colchón y un hueco en el suelo de la cocina de un albergue se convierte, a partir de ahí, en la gran suerte del día. Si por Navarra, La Rioja o Castilla apenas tienes más preocupación que cuidar bien los pies, en Galicia con el aluvión de peregrinos que se suman a los últimos kilómetros, encontrar techo es cada día un imposible.

Después de 700 kilómetros, las zapatillas del Camino puedan dar por cumplido el servicio para el que las estrené, pero no por eso me decido a deshacerme de ellas. Ni mucho menos del bastón, capaz de resistir aún muchas etapas, ni dejo de mirar con simpatía la mochila, que a ratos cargué con tanto esfuerzo. Mi memorial del Camino está jalonado de tesoros, como las fotos que fui recogiendo para conservar fresca la vista de los campos, los pueblos, el paisanaje. Y, sobre todo, las historias y los compañeros, algunos efímeros, con los que caminé o hice un descanso.

Cuando vuelve el verano me recorre la inquietud por volver al Camino. Es muy probable que lo haga un verano de estos. A quien lo esté pensando, le recomendaría echar un vistazo a esta guía, muy completa, e infinitamente más práctica que los libros. Esos conviene leerlos antes y dejarlos en la estantería de casa, porque en la caminata cualquier ahorro de carga se agradece.

El Camino de Santiago ofrece la oportunidad para una gran experiencia de introspección personal, pero no es una proeza. El esfuerzo resulta asequible con una mínima condición física y se puede graduar según la resistencia de cada uno, ya que, en ningún caso, se dede tomar como una competición.

Un gran ejemplo de este ‘espíritu del Camino‘ lo está dando el periodista Guillermo Nagore, que el 4 de abril emprendió en Finisterre un viaje que, paso a paso, le llevará hasta Jerusalén: 7.050 kilómetros a pie para pedir una política de estado sobre el Alzheimer. Un hermoso proyecto de CEAFA (Confederación Española de Asociaciones de Familiares de Personas con Alzheimer y otras demencias) lleno de vitalidad y cargado de razones. Guillermo va contando el día a día de esta aventura en un blog colaborativo (La memoria es el camino) y en las redes sociales. Seguirla es todo un privilegio. ¡Buen camino, compañero!

Viajé a Siria en agosto de 2004. Aquel verano descubría el té y el calor de verdad. Las temperaturas que había padecido en los mediodías tórridos del agosto castellano resultaban plácidas al lado del calor que caía a plomo en las largas horas de sol. Guardo un vívido recuerdo de cada viaje, desde la soledad del Camino de Santiago al impacto de los rascacielos de Manhattan. Pero aquel tuvo algo de iniciático y lo tengo reservado en un lugar muy cálido del corazón y fresco en la memoria. Ha habido más, pero tuve entonces el primer encuentro con el mundo árabe, un flechazo. De cada lugar que recorres te llevas siempre una impresión predominante, que a veces cuentas y a veces guardas como algo intimo. De Siria me quedó la gente, cercana y afable, casi conocida.

Tan emparentada con el Toledo más universal y más familiar también, la gente de Damasco quedaba, como la propia ciudad, muy próxima. Igual que la de Alepo, Homs o esa maravilla que es Palmira, donde el atardecer tiene toda la espectacularidad que sólo puede ofrecer el sol sobre el desierto. Hace muchos meses que vengo evocando esos recuerdos, que he vuelto después a vivir con la lectura de ‘Viaje a la luz del Cham, de Rosa Regás, un retrato fiel de lo que yo misma pude conocer en aquel viaje. De las grandes ciudades como Alepo o Damasco, a pueblos escondidos como Malula, de mayoría cristiana y en el que todavía se habla el arameo.

En Siria, como en otros países árabes, se palpa -se palpaba, quizás- lo que reconocemos como forma de vida mediterránea: calles inmensamente vivas, carácteres abiertos y un alto grado de sociabilidad. A todo ello habría que añadirle la hospitalidad, característica muy acentuada en el sirio, que acoge con calor y amabilidad a los visitantes. Y no se trata de una idealización, sino de una sensación fresca, aunque sea unos años después.

Pienso en ello mientras sigo las inquietantes noticias que desde hace meses se suceden sobre la situación interna del país. Recuerdo los retratos de Al Asad que cuelgan de los coches, en los hoteles y en múltiples lugares, sólo superados por la veneración con que en la vecina Jordania se homenajea al rey y a su esposa. Las noticias de Siria, inquietantes a diario, recuerdan también el enorme papel que juega el periodismo en estos frentes, en los que el poder de la fuerza sustituyen a las formas legítimas de gobierno. El testimonio de la situación interna transmitida por corresponsales como Javier Espinosa, del diario El Mundo, o Enric González, de El País, supone una enorme contribución a la causa de intentar explicar la larga primavera de Siria que no acaba de brotar, en el contexto del mundo árabe.

Seguir su trabajo y el de otros muchos puede ser una contribución modesta, pero válida para adelantar el fin de cualquier régimen y de la injusticia. Siempre enemigos de la razón:

Cuanta más historia siria leo, más paralelismos veo entre esta revuelta y la de 1978. Con una diferencia: ésta es porque quieren libertad y la otra era porque no querían el régimen… (Javier Espinosa, entrevistado por Enric González en Jot Down. Recomendable leer la entrevista completa aquí

Libros

El vicio de la lectura me ha atrapado desde pequeña. Recuerdo haber empleado mucho tiempo de mi adolescencia en descubrir el mundo a través de las páginas de cuantos libros caían en mis manos y haber releído varias veces mis favoritos de la modesta biblioteca familiar que empezaban a formar mis hermanos. Creo que no tenía diez años cuando tuve el primer libro propio. Era el primero que estrenaba, porque antes había disfrutado con mis hermanas de la propiedad colectiva de algunos libros infantiles y de algunos que aparecían por casa como náufragos de vete a saber qué olvidos. Una mañana de Reyes me desperté con “Platero y yo” en los zapatos y muchos años después todavía lo deshojo de cuando en cuando. Todo lo que he leído después no me ha hecho olvidar las ilustraciones mínimas de aquella edición (Editores Mexicanos Reunidos. México, 1974), las letras irregulares de los tipos de plomo y la portada del burrito, para siempre azul en mi memoria.

Aquel libro es un pequeño tesoro al que el tiempo ha sido sumando muchos más. Hace pocas horas del último, uno de esos que se paladean despacito, apreciando cada frase, cada descripción, cada sentimiento atrapado… Los gustos literarios van cambiando con los años, pero las sensaciones permanecen similares, en un embrujo que cada vez se vuelve más difícil de atrapar. Cuando alcanza a experimentarse la lectura como una parte más de la propia realidad; cuando entre las páginas se encuentran formas de perfección; cuando la compañía de un libro es más verdad que otras que se rozan a diario, entonces, se hace el milagro de la literatura.

Lectora voraz durante la mayoría de las etapas de mi vida, he tenido la suerte de haber conocido en múltiples ocasiones todas esas sensaciones y son muchos los libros que evoco mientras lo pienso. Pero manda el último, en edición modesta, de bolsillo, de las que compro para viajar ligera de equipaje. En el caos de mi biblioteca, que empieza a resultar tan respetable como los años que he tardado en reunirla, mandan esos libros menudos, que me acompañan en las idas y venidas, pensados para leer con descuido. Los volúmenes gruesos con sus tapas de cartón se suelen quedar en casa, esperando ese hueco menos frecuente que me permitirá también acariciarlos.

Pensaba que no, pero llega un momento en el que empieza a remitir ese afán coleccionista que tan a menudo se asocia a los libros. Los espacios vacíos, livianos, se valoran más que el objeto que los ocupa y te desprendes con relativa facilidad de lo que ayer te parecía imprescindible. Con la biblioteca no me ha pasado todavía, pero presiento que falta poco.

De momento, el último libro que he comprado ha sido uno muy breve, ‘Indignaos‘ de Stéphane Hessel, que espera como siguiente lectura. A su lado, ocupando también un lugar mínimo, descansa sobre el escritorio otro hallazgo, que sospecho que me va a acompañar durante largos ratos de lectura. Se trata de un dispositivo electrónico, que pierde algo ese de romanticismo que aún tiene mi “Platero y yo” y que casi ha desaparecido de esas ediciones perfectamente frías que abundan en las librerías. Soy capaz de recordar muchas historias, innumerables paisajes y muchos menos tactos y cubiertas. Lo que importa, a la postre, es la experiencia de la lectura, con sus descubrimientos y la forma de sentirlos, para mi gusto muy por encima del libro como objeto fetiche.

Mi primer libro y el nuevo e-book. 

Buscando un enlace de ‘Indignaos’ descubro en Internet la edición en digital. De haberlo hecho antes, me habría ahorrado la compra.

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta al que hemos ido recordando en Internet con numerosas actividades. Hagamos que la Red se inunde con sus versos.

HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

I

(HIJO DE LA SOMBRA)

Eres la noche, esposa: la noche en el instante
mayor de su potencia lunar y femenina.
Eres la medianoche: la sombra culminante
donde culmina el sueño, donde el amor culmina.

Forjado por el día, mi corazón que quema
lleva su gran pisada de sol a donde quieres,
con un solar impulso, con una luz suprema,
cumbre de las mañanas y los atardeceres.

Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje
su avaricioso anhelo de imán y poderío.
Un astral sentimiento febril me sobrecoge,
incendia mi osamenta con un escalofrío.

El aire de la noche desordena tus pechos,
y desordena y vuelca los cuerpos con su choque.
Como una tempestad de enloquecidos lechos,
eclipsa las parejas, las hace un solo bloque.

La noche se ha encendido como una sorda hoguera
de llamas minerales y oscuras embestidas.
Y alrededor la sombra late como si fuera
las almas de los pozos y el vino difundidas.

Ya la sombra es el nido cerrado, incandescente,
la visible ceguera puesta sobre quien ama;
ya provoca el abrazo cerrado, ciegamente,
ya recoge en sus cuevas cuanto la luz derrama.

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida.

El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor, tuétano, luna, claras oscuridades.
Brota de sus perezas y de sus agujeros,
y de sus solitarias y apagadas ciudades.

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.

II

(HIJO DE LA LUZ)

Tú eres el alba, esposa: la principal penumbra,
recibes entornadas las horas de tu frente.
Decidido al fulgor, pero entornado, alumbra
tu cuerpo. Tus entrañas forjan el sol naciente.

Centro de claridades, la gran hora te espera
en el umbral de un fuego que el fuego mismo abrasa:
te espero yo, inclinado como el trigo a la era,
colocando en el centro de la luz nuestra casa.

La noche desprendida de los pozos oscuros,
se sumerge en los pozos donde ha echado raíces.
Y tú te abres al parto luminoso, entre muros
que se rasgan contigo como pétreas matrices.

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido.

El hijo fue primero sombra y ropa cosida
por tu corazón hondo desde tus hondas manos.
Con sombras y con ropas anticipó su vida,
con sombras y con ropas de gérmenes humanos.

Las sombras y las ropas sin población, desiertas,
se han poblado de un niño sonoro, un movimiento,
que en nuestra casa pone de par en par las puertas,
y ocupa en ella a gritos el luminoso asiento.

¡Ay, la vida: qué hermoso penar tan moribundo!
Sombras y ropas trajo la del hijo que nombras.
Sombras y ropas llevan los hombres por el mundo.
Y todos dejan siempre sombras: ropas y sombras.

Hijo del alba eres, hijo del mediodía.
Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas,
mientras tu madre y yo vamos a la agonía,
dormidos y despiertos con el amor a cuestas.

Hablo y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.

III

(HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA)

Tejidos en el alba, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían qué grabada llevo allí tu figura.

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde sienten su alma las manos y el aliento,
las hélices circulen, la agricultura viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
la familia del hijo será la especie humana.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

Esta hermosa propuesta parte de la linicitiva Leer, del Ministerio de Cultura con el apoyo de la red. El poema no sé bien si lo descubrí o lo reencontré hace muy poco en un concierto de Joan Manuel Serrat, que está haciendo un espectáculo intenso y precioso en la gira con su segundo maravilloso disco de poemas de Miguel Hernández. Altamente recomendable.

Video con la canción de Srrat


Lo normal

Cualquier decálogo al uso sobre cómo gestionar un blog, incluye la constancia. El buen bloguero ha de actualizar con frecuencia y con ritmo. Creo que esa es la norma básica y que incumplirla, debe ser algo así como saltarse algún mandamiento. A la vista está que me lo llevo saltando un tiempo, por razones tan variadas como la vida misma, entre las que no se encontraban la falta de cosas qué decir. Por suerte, hay unas pocas entradas que se han perdido en el intento, porque lo trágico de verdad sería quedarse muda, el vacío.
El verano, la experiencia del Camino -tan plena y felizmente concluido-, este otoño diferente que a estas alturas huele a chimeneas… Sensaciones que pudieran parecer menores, pero que tejen la vida que no se añora, ni se desea, sino la que se tiene.
Lo normal, es que se deje de hacer algo porque entre tanto se atiende a otros frentes y se está en otras cosas. Por este Post Secret ha pasado en estos últimos tiempos lo normal. Igual que ahora me he propuesto recuperar la normalidad. Aquí estaremos, para quien pueda interesarle.

Puesta de sol de otoño en el Tajo. (C. S. J.)

De poca importancia

El verano es para hacer cosas diferentes, ya lo he dejado dicho por aquí. Entre ellas, se encuentra el miniblog que empecé a principios de agosto y por el que me he prodigado en estas últimas semanas. Se trata de un formato más ligero y, sobre todo, más sencillo de editar, que me ha permitido postear desde el móvil, a pesar de que la cobertura de la red de datos no es mala: es peor. Hace tiempo que utilizo “Desde el iPhone” como una categoría más de este blog. Hasta ahora, me servía para identificar las fotografías tomadas con el teléfono, al que este verano he empezado a sacar partido como escritorio móvil. Escribir con un dedo sobre una pantalla mínima, no resulta el medio óptimo, pero sirve cuando no hay otro. Lo he utilizado para publicar un pequeño diario del Camino de Santiago que he completado en las dos últimas semanas, después de la andadura que inicié en el verano de 2008.

Mientras no he estado aquí, me he dejado ver por “De poca importancia“, el miniblog que he identificado como el hermano pequeño de este Post Secret. Una excursión más del verano y una experiencia muy satisfactoria. Tanto, que quiero que continúe después, porque me encuentro cómoda en ese formato. Aquí dejo el enlace, para quien quiera visitar mi casa de verano y saber qué ando haciendo:

La llegada

El final de una empresa que ha durado dos años y más de setecientos kilómetros está cargado de emociones. He llegado a Santiago temprano, antes de que la ciudad empezara a desbordarse de visitantes y me ha invadido la alegría cuando las torres de la catedral han empezado a asomar entre las calles estrechas. Hasta ayer mismo, no tuve la certeza de que conseguiría llegar, después de mucho esfuerzo, algunas calamidades y un inmenso aprendizaje vital. Santiago como meta es un icono con un fuerte valor simbólico. La verdadera llegada, como el Camino mismo, es, en realidad, interior. (Santiago, 12 agosto 2010)

Catedral de Santiago, desde la plaza del Obradoiro.

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