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Archive for 20 agosto 2009

Me gusta preparar con mimo los viajes. He aprendido que se quedan entre las experiencias más valiosas que se van sumando y más duraderas. Empiezan mucho antes de echar a rodar o a volar y luego no se olvidan, por eso cuanto más mundo se recorre más ganas quedan de seguir conociéndolo.

Estos días ando enredada en  los preparativos de un viaje ya inminente: Nueva York. Será mi segundo viaje a Estados Unidos y el primero ya tuvo parada en NYC, un signo, me temo, de que empiezo a hacerme mayor, porque si bien he quedado convidada para repetir la mayoría de mis destinos, hasta ahora no había tenido ocasión de hacerlo. Una forma de prepararlo es convencional y coincide con la de cualquier otro viaje. Incluye horas, nunca se sabe decir cuantas, en internet, el repaso a las guías que me siguen pareciendo imprescindibles y la puesta en común con los compañeros de viaje, con la que se empieza a disfrutar a fondo de la experiencia sin necesidad de poner el pie en ningún aeropuerto.

Como además Nueva York es un destino tópico y al mismo tiempo muy personal porque ofrece infinidad de posibilidades, he recopilado los “para no perderse” que he podido de otros visitantes. Veremos lo que da de sí el tiempo, pero no es frecuente encontrar tantas y tan entusiastas recomendaciones y en mi caso se trata de la primera vez que las recopilo con intención de aprovechar la experiencia ajena, más allá de la anécdota.

Por último, en mis preparativos para viajar a Nueva York también dispongo de un menú propio, que ya utilicé en la primera ocasión. Además de proveerme de un buen calzado, mi entrenamiento particular incluye:

  1. Ver al menos una vez la película “Manhattan“, de Woody Allen. Cualquier excusa es buena para volver a disfrutar de un clásico; en este caso la fotografía justifica por sí sola la reincidencia. Tan potente que después de estar allí, conservo recuerdos de Nueva York en blanco y negro.
  2. Releer “Caperucita en Manhattan“, de Carmen Martín Gaite. Que esté entre mis escritoras de cabecera tiene que ver, que la historia sea una delicia importa, pero cuenta sobre todo la particular forma de refrescar el mapa de NYC.
  3. Hay muchos clásicos y modernos para escoger. En cuestión de libros se han tocado todos los géneros, pero me quedo con una pieza periodística, “Historias de Nueva York“, del maestro Enric González, con el que esta vez no me he atrevido, me digo que por tiempo, pero quizás sea por no sentir la frustración de enfrentarme a un texto difícil de igualar, con el que he disfrutado como raras veces. Lo dejo pendiente para la vuelta. En cine, “Descalzos por el parque” y “Desayuno en Tiffany’s” son un par de buenos ejemplos que merecen la pena. Además de “Manhattan”, mi otra imprescindible, en cambio, es “Tu y yo” y el momento en el que la pareja protagonista escoge un lugar para volver a encontrarse seis meses después. Tratándose de Manhattan tenía que ser el Empire State Building y el guionista dejó que Deborah Kerr nos ofreciera una razón inolvidable: es el lugar de Nueva York que queda más cerca del cielo.
Cartel original de "Tu y yo"

Cartel original de "Tu y yo"

Gracias a los colegas de Twitter por las recomendaciones y en particular a Rafael Gil , por el ‘feedback’, y a Pablo Herreros por su cordialidad y por su tiempo. Y al resto, porque, sin saberlo, entre todos han compuesto una guía de viaje muy especial. ¡Me voy a rozar el cielo!

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Se sorprenden este verano en La Mancha de la abundancia de las lagunas de Ruidera, uno de esos parajes esplendorosos que se esconde entre las llanuras secas de Castilla. Dicen quienes bien conocen sus rincones, que hace años que no corrían con tanta alegría las cascadas y que los verdes contrastes de cada laguna no brillaban tanto. Para los que apenas hemos tenido la oportunidad de alguna visita casual, Ruidera ya resultaba otros veranos una postal.

La mayor diferencia que le encuentro este año es el contraste. Qué envidia la alegre vitalidad del Guadiana y la limpieza de sus aguas. Y qué envidia, sana o de la otra, la abundancia de playas y de bañistas y el cálculo a ojo del movimiento que harán durante estas semanas las cajas registradoras de los negocios que viven de las lagunas, mientras por Talavera o por Toledo apenas sobrevive una secuela del Tajo, se empieza a perder la memoria de lo que ha sido el Alberche y la estampa del Tiétar, agotado y seco, parece un mal sueño.

Cuando se reivindican ríos vivos no se está apelando en exclusiva a valores medioambientales y a intereses paisajísticos. El agua es futuro y riqueza y allí donde se roba un río todo ello va incluido en el botín. El contraste entre el esplendor que asoma este verano en el alto Guadiana y la miseria residual del Tajo puede ser una representación gráfica. Pero para entenderlo bien la mejor imagen está desde hace un mes en las garrafas de cinco litros que se están repartiendo entre los vecinos de los pueblos de la Campana de Oropesa. Sólo en los que integran la mancomunidad, hay más de 10.000 afectados por lo que en términos de corrección política se denominaría déficit de gestión de los recursos hídricos. En castellano de la calle, los vecinos de la Campana están pagando el eterno trasvase y una planificación en la que los territorios de la cuenca y quienes los habitan carecen del derecho preferente y de cualquier otro sobre los ríos que los surcan. O le ponemos remedio o este es el futuro que nos toca. O mejor dicho, el que nos roban.

El Hundimiento, en Ruidera (Ciudad Real). Agosto de 2009

El Hundimiento, en Ruidera (Ciudad Real). Agosto de 2009

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Llegué a Atapuerca después de una etapa larga y hermosa por los Montes de Oca burgaleses. En San Juan de Ortega había comido un bocadillo que me supo a gloria e incluso solté la mochila debajo de una encina y descansé un rato, envuelta en una brisa agradable que despedía el mediodía. Después de una semana de Camino, por primera vez, decidí que la jornada se alargara por la tarde. Cuando llegué al albergue me obsequié por tres euros una lavadora, demasiado grande para mi escueto ajuar de dos mudas justas y la compartí con dos compañeras con las que volvía a repetir hospedaje. Lo celebramos como lo que era: un lujo.

Lo conservo todo fresco en la memoria y sólo necesito de guía la Credencial del Peregrino, con el sello y la fecha de cada uno de los albergues por los que fui pasando. La guardo como un tesoro y ahora me permite recordar en qué punto del Camino de Santiago francés estaba hoy hace justo un año. Había salido de Talavera el día 10 muy temprano, camino de Pamplona, para llegar, de autobús en autobús, a Puente la Reina. Allí, el Refugio de los Padres Reparadores fue mi primer contacto con el universo peregrino en el que me sumergí durante las semanas siguientes. No sería exacto decir que me dejé una parte de mí. Un año después, conservo la nostalgia de una experiencia profunda y el espíritu que me fue impregnando en cada paso del peregrinaje.

Atravesé Navarra, La Rioja y recorrí Castilla desde Burgos hasta León; luego me faltaron días para llegar a Galicia. El 30 de agosto, con lágrimas, y después de una preciosa noche de despedida en el albergue San Nicolás de Flue, en Ponferrada, emprendí la vuelta a casa. Choca la sensación de despegarte de la mochila y ver desde la ventanilla a los compañeros de viaje en el Castillo de los Templarios, cuando ya no tienes que seguir caminando.

Entre Puente la Reina (Pamplona) y Ponferrada (León) caminé 477 kilómetros oficiales. En ese recuento no entran los trayectos que anduve perdida y tuve que desandar, como en Sahagún, cuando el despiste de una flecha orillada me costó varias horas extra; ni los caminos eternos a pleno sol, por el calor y por los guijarros que se clavan o por las piedras que machacan los tobillos, como los 17 kilómetros de desierto que siguen a Carrión de los Condes, uno de los tramos más temidos por los peregrinos. O cuestas que ahogan, como la de Castrojeriz, o las trochas agotadoras de El Bierzo.

Pero lo que nunca se podría encerrar en un mapa son las sensaciones, los retos, los encuentros. La experiencia del Camino de Santiago no se puede dibujar más que en un mapa interior, con trazos anchos y hondos. No la llevo conmigo, porque está en mí, casi desde que veía con envidia a los peregrinos pasar el puente en Logroño, parar ante la catedral en Burgos o abandonar las mochilas en la entrada del Obradoiro, en Santiago.

Amanecer en la Cruz de Ferro (Foncebadón, 29 de agosto de 2008)

Amanecer en la Cruz de Ferro (Foncebadón, 29 de agosto de 2008)

Al salir del albergue enlazo la mano con Denis. Es el último saludo, la despedida. Nos sonreímos y nos damos los buenos días.

Luego doy una vuelta por el casco antiguo de Ponferrada. Las ciudades cambian con la luz y con la actividad. Está bien así, con las primeras luces de la mañana, casi todo cerrado y apenas sin gente por la calle. Me sorprende la Basílica de la Virgen de la Encina, patrona de Ponferrada y de El Bierzo, llena a las ocho de la mañana. Están casi de fiestas y hay misa.

Me decido por ir en taxi a la Estación de Autobús, coge retirada. Pero antes le pido al taxista que pase por el Castillo de los Templarios y veo rezagados a los últimos peregrinos, los tres muchachos que hicieron piña en Estella y la chica alemana que se les unió después.

En la Estación, intercambio un saludo y un gesto cómplice, de pesar, con dos peregrinas que esperan con destino a alguna parte. Otra vez se me hace un nudo de emoción y se me agolpan las lágrimas. La peregrina inicia la vuelta a casa.

(De mi Diario del Camino. Ponferrada, 30 de agosto de 2008)

Mi credencial de peregrino

Mi credencial del peregrino


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Es un acierto dejar un monumento a la paz como recuerdo de una batalla. El que se ha colocado en los jardines del Prado quedará asociado en mi memoria a los últimos meses en el periódico. Lo ha concebido José Luis Espinosa, capaz de dejar una impronta muy personal en todo cuanto le permita expresar su enorme creatividad. Carteles -los de Mondas son una buena muestra-, publicaciones o monumentos como éste y el de la rotonda de los ceramistas, que firmó con José Luis Reneo, son sólo una parte de su territorio como diseñador. Más allá de mi debilidad por los carteles, me gusta siempre y esta vez no es una excepción.

La conmemoración del Bicentenario ha terminado, a la vez que el proceso del expediente de regulación de empleo que ha menguado la redacción. Varios compañeros han utilizado el símil de la Batalla de Talavera para referirse al ERE. Es una de las razones por las que la conmemoración nos ha resultado más cercana y por la cual ese monumento me parece un poco nuestro. Lo corroboré en la inauguración, cuando comprobé que en esas cajas que se entierran en la base, depositarias de este tiempo para la posteridad, se han incluido ejemplares de La Tribuna. Entre los diarios que sirven de testimonio se encuentran los de la recreación de la Batalla, que hicimos especiales.

Después de los primeros días, en el periódico se va instalando la nueva normalidad, en la que se siguen echando en falta presencias. Las ausencias habituales de agosto este año son más; algunas se podrán llenar enseguida, pero la mayoría no.  Es el paisaje que queda después de la batalla, los vacíos del ERE, que se unen a las lagunas que deja siempre el verano.

Después del Bicentenario ha quedado una alegoría a la paz y pasado este tiempo tan difícil  así me siento: en paz. Han sido días, semanas, meses, cuajados de momentos intensos, fieramente humanos, compartidos, que espero conservar siempre. Si echamos cuentas, la vida se compone de esa materia y de sus ataduras.

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