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Archive for 30 enero 2010

Crónicas de Silicon Valley (5)

Los plenos del Ayuntamiento de Talavera están compitiendo entre sí por el puesto número uno en el ránking del aburrimiento. Un jurado imparcial tendría difícil decidirse, pero tampoco estaría fácil designarlo. Se celebran una vez al mes y los únicos asistentes son los concejales, el alcalde, el secretario del Ayuntamiento y el interventor municipal, que son los imprescindibles, algunos periodistas y el público, que puede entrar libremente, pero que escasea.

Desde la llegada a la Alcaldía de José Francisco Rivas y hasta hace unos meses, los plenos se han estado celebrando a partir de las siete de la tarde del último jueves de cada mes, se decía que con la intención de facilitar la presencia ciudadana. La realidad es que a las siete de la tarde de antes y a las doce de la mañana de ahora, a un Pleno no suelen asistir más de media docena de pacientes espectadores y que no son muchos más los periodistas que siguen el desarrollo de la sesión.

De un mandato a otro, con cada nueva Corporación municipal los plenos cambian. Con la actual, falta contenido, los debates suelen repetirse con independencia del tema que esté en discusión y tanto los discursos como las conclusiones resultan cada día más previsibles. Eso explica que cada vez susciten menos interés, incluso entre algunos medios de comunicación, que se ahorran las dos horas de seguimiento en el Pleno.

En el periódico, los plenos se cubren desde que se abre la sesión, hasta que se cierra con las preguntas del público. Se hacía cuando eran a las siete de la tarde y nos alargaban el cierre, y se mantiene desde que se celebran por la mañana, que nos resulta mucho más cómodo. En ocasiones, la noticia se sitúa al margen de lo que se aprueba, que más o menos responde al guión conocido con antelación. Un debate que se crispa más de la cuenta, el acuerdo que se esperaba y no se produjo o una postura inesperada pueden convertirse en la noticia del día.

A veces no se llega a tanto y hay que conformarse con la anécdota. Ocurrió el día 28 de enero en el último Pleno. Hablaba el portavoz del Partido Popular, Gonzalo Lago, de asuntos varios como la Ley de Economía Sostenible, la de Dependencia y el ‘caso Ucota’, cuando hizo uso de un dicho que desató las risas de la prensa, porque parecía que se estuviera refiriendo a un tema muy diferente:

Prometen, prometen, hasta que se meten, y una vez que se han metido se olvidan de lo prometido.

Dejo aquí el audio, con risas incluidas.

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Hace unos años se generó una de esas polémicas correosas a cuenta del destino de la colección Carranza. Se presentaba como la mayor colección privada de cerámica del mundo, aunque hace poco la veía reducida en una publicación a una de las mejores de Europa, y es  propiedad de Vicente Carranza, un coleccionista vocacional que tiene su propio museo en la fábrica familiar, Paz y Cía Cerámicas. Después de una exposición temporal en el claustro de La Colegial, como ‘Ciudad de la Cerámica’ Talavera aspiró a albergar la colección Carranza y llegado el momento, su Ayuntamiento aceptó con la deportividad que le caracteriza que se instalara en el Museo de Santa Cruz, en Toledo. Estaba ya José Francisco Rivas en la Alcaldía y dijo entonces que nada se podía hacer contra la voluntad del coleccionista.

Se adaptó ex profeso una zona del Museo, con el pertinente proyecto, se invitó a los Duques de Lugo a la inauguración y se editó en dos gruesos volúmenes de tapa dura “Lozas y azulejos de la Colección Carranza”, una suerte de catálogo de la exposición permanente que se acababa de inaugurar. La colección tiene de todo y tiene, por supuesto, ‘Talaveras’, pero es más amplia. El interés de exhibirla en Talavera residía, no obstante, en que suponía un complemento natural del Museo de Cerámica Ruiz de Luna, cuyos fondos -los que están expuestos y los que no- superan en variedad, calidad y criterio expositivo a la colección de Vicente Carranza. Por cuestión de criterio expositivo precisamente, en Talavera no fue acogido con entusiasmo que se encargara el proyecto de la ampliación del Ruiz de Luna a Alfonso Pleguezuelo, que había realizado el del Santa Cruz.

El acuerdo con el coleccionista, la adaptación del Museo de Santa Cruz y los dos volúmenes del catálogo fueron decididos y costeados por la Junta de Comunidades, que incluyó en el mismo paquete la exhibición de una parte de los fondos en Daimiel, localidad natal de Carranza. Molestó bastante en Talavera que se volcaran con tanto exceso, cuando tan poco se hacía por divulgar y apoyar la cerámica talaverana.

Esta semana, el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, ha visitado a los ceramistas que, con Cerámica San Ginés al frente, trabajan en el mural más grande del mundo. Desde aquella polémica, allá por los inicios de la década, hasta ahora, han mejorado algo las cosas, pero no ha habido hacia la cerámica de Talavera un gesto de generosidad, como el que el gobierno regional tuvo entonces hacia una colección privada. Se agradece el cariño, sobre todo en épocas malas, y tampoco decepciona comprobar que la mayoría de las iniciativas siguen surgiendo de la sociedad civil, encabezada en estos casos por la Asociación de Amigos del Museo Ruiz de Luna. Quienes forman parte de la asociación, lo entienden como un ejercicio de ciudadanía.

A ellos no les ponen laureles. A Vicente Carranza le entregaban el sábado el título de Ciudadano Honorario de Toledo, otorgado por el Ayuntamiento de la ciudad en agradecimiento a que en 2001 decidió que se mostrara allí parte de su colección de cerámica. Un título bien ganado, sin duda.

Todos los medios han publicado las imágenes de Barreda dando unas pinceladas simbólicas en el mural más grande del mundo, pero estas dos son una primicia de este blog. Son las periodistas Blanca Bermejo (COPE) y Natalia Tejero (La Tribuna). Las tres quisimos dejar una pincelada y pudimos hacerlo por gentileza de Mariano Eugercios (San Ginés), con el asesoramiento de Marisa Esteban. Gracias.

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No dejo de leer artículos y post con un título repetido: Haití. No hace falta decir más, el titular es como un compromiso y encierra una manera de entender esta tragedia, más allá del suceso abismal del terremoto. Las catástrofes no despiertan conciencias donde no las hubiera de antemano y la de Haití está dando altavoz a las que casi nunca se destacan, porque tenemos la atención ocupada con la evolución del IPC o los tipos de interés. Habrá que ver por cuanto tiempo, pero la mirada humana está focalizada en aquel punto del Caribe, donde ha caído primero la destrucción y después el abandono a su suerte. Desconfío de lo que llevarán, cuando lleguen, esos ejércitos que se han comprometido a enviar, en un país que dejó de tener uno propio y no precisamente por convicciones pacifistas.

Sumidos en el desgobierno, el presidente no aparece y su cónsul en Sao Paulo (Brasil) ha dicho en público que el terremoto es una buena noticia porque así se va a hablar más de su país. Todo lo contrario a la perfecta puesta en escena de los principales gobiernos, con el de USA a la cabeza, que a su vez no tiene nada que ver con la realidad de los testimonios que llegan desde Puerto Príncipe. La ayuda humanitaria que inunda los informativos no se está desplegando o llega con cuentagotas. Lo explica Pablo Ordaz, enviado especial del diario El País, en una excelente crónica de las que reconcilian con la grandeza del periodismo. La adelantaba ayer la edición digital y hoy se publica en papel:

(…) Lo que queda de Haití se resume en los carteles improvisados que, en francés y en inglés, van apareciendo en las calles. Dicen: “Necesitamos ayuda”. Pero nadie parece leerlos, porque cuatro días después del terremoto la ayuda internacional sigue siendo una anécdota, gestos de buena voluntad descoordinados, sobrepasados, impotentes (…) Para leer el artículo completo: Haití ya no existe

Sabemos de lo que ocurre por periodistas que, con medios limitados, intentan rascar un poco más allá de la evidencia. El periodista de RNE Fran Sevilla lo ha narrado en sus crónicas y también en su blog, donde confiesa como luchaba por contener el llanto durante una conexión:

Hay cadáveres en las calles, en algunos lugares apiñados, como si fueran una dantesca barricada para impedir el paso de la vida. Porque ciertamente hablar de vida en estos días en Puerto Príncipe resulta una ironía. La gente camina, lleva días caminando como sonámbula, de un lado para otro, aparentemente sin sentido determinado, sin destino, si lugar adónde ir. Todo lo que les rodea es destrucción, es desolación, como si la ciudad hubiera sido bombardeada sin tregua ni misericordia durante días y días. Del post Haití, sobrecogedor. En el blog Vagamundo, de Fran Sevilla.

Al reportero de TVE Vicente Romero le hemos visto en muchos frentes; ahora le ha tocado quedarse en la retaguardia, desde donde está haciendo una enorme labor para ayudarnos a comprender. Conoce bien el terreno que esta vez palpa desde la distancia, por eso sus análisis se encuentran entre los más clarificadores que se ofrecen sobre la situación de Haití. El reportaje Haití, terremoto en el infierno, ofrecido en un Informe Semanal especial, merece ser visto por lo menos una vez.

También hay demostraciones tremendas de lo que nunca se debería hacer desde la ética y la responsabilidad informativa, pero me voy a ahorrar citarlas. Prefiero recoger algunos de esos Haitís, con los que arrancaba, porque son una forma de desescombrar la carga de abandono que pesa sobre ese mundo olvidado.

Haití, de Miguel Ángel Sánchez en La Tribuna:

La vergüenza más descarnada es que lo de Haití se podía haber evitado, que lo que tenemos delante es ejemplo de la miseria de este mundo que sólo se sostiene en su ciclo infinito de pobreza y riqueza, de explotados y explotadores (…)

Haití, de Esther Durán en La Tribuna:

Haití, desde el martes, es un escenario de horror, un campo de muerte, un terreno sumido en la desgracia. Antes de ese 12 de enero, que ya ha pasado a la historia, era el país más pobre de todo el hemisferio occidental, con el 70 por ciento de su población viviendo en la miseria, sin ninguna educación, excepto la de unos pocos que, tras poder recibirla, salen de su lugar de origen en busca de una oportunidad que todos perseguiríamos de haber nacido allí.

Volquémonos, de Maruja Torres en El País:

No sólo la madre tierra se sacude de vez en cuando para machacar a los más parias entre sus ocupantes. El primer mundo también ayuda, con sus invasiones, sus expolios, su echar una mano a los gobiernos corruptos y su necio y nulo entendimiento de las realidades locales.

Haití es noticia, de Javier Pérez de Albéniz en su blog El descodificador:

Haití siempre ha necesitado ayuda. Nadie ha estado nunca a su lado. Es uno de esos “estados fallidos” a los que se refieren, con repugnante distancia, los expertos en política internacional. Un país más allá del alcance del derecho nacional o internacional. Un país de mierda.

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A partir de la primera guerra del Golfo, nos hemos ido acostumbrando tanto al seguimiento en directo los acontecimientos importantes, que el terremoto de Haití ha añadido la angustia de la falta de información sobre la desproporción de la tragedia humana. Seguí las noticias que iban cayendo desde primera hora de la madrugada del martes, más por la red de microblogging Twitter, que por los medios convencionales. Un síntoma no sé si alentador o preocupante, de la enorme vitalidad de las redes o de la falta de habilidad de los medios a la hora de desenvolverse en las mismas. Y una consecuencia de las dificultades que en este tipo de ocasiones han de sortear los periodistas, bloqueados en las fronteras por las que también tiene que pasar la ayuda humanitaria.

Esta tragedia, tan difícil de abarcar, nos ha recordado que en el mundo hay países, casi continentes enteros, que no alcanzan a vivir en la precariedad, porque están enterrados en la miseria. Antes de esta devastación, Haití ya era el país más pobre de América.

No existe ningún designio divino para que los desastres naturales se ceben con los más pobres. Ocurre que los que malviven bajo el techo liviano de chabolas sin cimientos son más débiles y que su pobreza no les permite elegir si quieren seguir viviendo en un lugar del mundo que en 2008 fue sacudido por cuatro huracanes, sin que para entonces hubiera conseguido recuperarse de los destrozos de los de años anteriores. Estremece saber que la esperanza de vida de los haitianos es de 52 años, que el 55  por ciento de la población no está alfabetizada, que su renta per cápita es de 386 euros y que la tasa de paro alcanza al 65 por ciento. Por temor a la naturaleza, se puede elegir hacer la mudanza desde Los Ángeles, pero no desde Puerto Príncipe.

La solidaridad y la ayuda humanitaria resultan imprescindibles en este momento trágico, pero Haití, como tantos lugares del mundo, necesita justicia. En la raíz de la catástrofe que acaba de suceder, la desigualdad cuenta tanto como los movimientos sísmicos.

Por primera vez, he seguido una noticia en tiempo real a través de un blog. El de una periodista española que trabaja en Washington, Cristina Pereda. En las sucesivas actualizaciones de One way or another me he adelantado a la mayoría de las informaciones, he obtenido enlaces y he podido acceder a las primeras noticias, la mayoría de medios norteamericanos. Así comenzaba el trabajo de Cristina Pereda:

El martes por la tarde (a las 5, hora local) un terremoto de 7.0 en la escala Richter sacudió la capital de Haití, Puerto Príncipe. Associated Press fue la primera en citar el derrumbamiento de un hospital. Después llegaban referencias al Palacio Presidencial, parcialmente derruido con su presidente, quien ha sobrevivido, dentro. Hacer una llamada telefónica a Haití un día cualquiera es una lotería. Puede funcionar, o no. También falta agua y electricidad en un país en el que la poca estabilidad la han inspirado edificios como su palacio que con tanto cariño llaman su “Casa Blanca”. Hoy está derruido. A continuación iré agregando las últimas noticias, datos, mensajes… que llegan de Haití. (En hora local)

Entre los medios españoles, me parece soberbio el  seguimiento y la forma de plantearlo de uno de mis sitios de información favoritos, rtve.es: La tierra tiembla en Haití.

Son multitud las organizaciones con las que se puede colaborar ingresando dinero. Entre éstas se encuentran la Fundación Castellano-Manchega de Cooperación. Las donaciones se pueden realizar en cualquier oficina de Caja Castilla La Mancha en la cuenta nº 2105 0135 97 1290011222 y a través de la web de la Fundación: www.fcmc.es. Las aportaciones servirán para contribuir a la reconstrucción de Haití.

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Cuatro grados bajo cero es un frío respetable, que se corresponde con un invierno como los de antes. Acostumbrados como estamos a los de ahora, amables y tibios, es normal que la racha que arrancó allá por Año Nuevo nos tenga con los pelos de punta. No somos nórdicos ni vivimos en los Pirineos, esto es la meseta y en el siglo XXI, con su calefacción por todas partes, su ropa térmica y sus comodidades sin fin, el frío se ha convertido en algo muy molesto.

Hace poco el periodista Antonio San José ofrecía una charla en Talavera durante un curso en el CEU, en la que se extrañaba del despliegue de medios y el derroche de tiempo que se dedica en los espacios informativos para contar hechos que son tan naturales que no pueden considerarse noticia. A saber, que en verano hace calor y frío en invierno. Su teoría se resume en que al espectador que está recogido en casa, al fresco o a lo calentito, según la estación, le gusta ver como sufre el redactor que llena interminables minutos de directos con todos los tópicos que se le ocurren. Al margen de la nevada del fin de semana, he leído estos días bastantes opiniones críticas sobre la contradicción de que se dedique tanto espacio informativo a hablar del frío. En algún momento hemos llegado a tener la impresión de no encontrarnos en el sofá delante de la televisión, sino en el ascensor, buscando tema para romper un silencio incómodo. El tiempo da para mucho, menos para lo que debería dar. Lo ha contado muy bien la periodista Rosa María Artal en su blog, El Periscopio: como en el ascensor, se habla del tiempo para no tener que hacerlo de otras cosas.

Rosa María Artal: Nada que decir

En una ciudad como Talavera, una nevada como la del domingo se convierte, por lo raro, en un acontecimiento que no distingue entre edades. Aquí, dos adultos en plena guerra de bolas de nieve.

En una ciudad como Talavera, una nevada como la del domingo se convierte, por lo raro, en un acontecimiento que no distingue entre edades. Aquí, dos adultos en plena guerra de bolas de nieve. La foto la hice con un iPhone.

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Suena bien y queda bonito. Los dos ceros hacen que 2010 parezca un año redondo, todavía más en las tipografías que tiran a panzonas. Me gustan para los números, aunque no sean las mejores para los titulares; igual que me convence ver un 2010 en letra gruesa, a pesar de que resulte difícil calzarlo porque ocupa demasiado. Aprendí enseguida a desconfiar de los titulares que salen en los primeros intentos y de los que dejan blancos, porque ni unos ni otros se suelen corresponder con lo que deberían decir. Aunque parezca increíble, el que encabeza este post, tan simple, ha tardado en salir, porque me empeñaba en complicarme cuando todo lo que quiero transmitir está contenido en esas cuatro cifras, que así, juntas, me resultan tan atractivas.

Cuando empezó la década anterior, en el periódico tuvimos que racionar primero y erradicar después el uso de esas muletillas tan solemnemente bobas sobre el cambio de siglo y de milenio, porque llegó un momento en el que casi no había información que no incluyera alguna referencia a tamaña revolución, viniera o no a cuento; algo así está pasando también con la omnipresente crisis, que salta con demasiada facilidad del inconsciente al teclado y se cuela por todos los rincones informativos.

En cambio, no sé muy bien la razón de que el cambio de década, e incluso la entretenida discusión sobre si se ha producido ya o llegará el año que viene, apenas haya llamado la atención de los medios. Puede ser que todavía nos dure el empacho del año 2000, con aquel efecto al que tanto espacio dedicamos y que no recuerdo que llegara a producir nada. Quizás porque las catástrofes que más se avisan son las que no se llegan a producir. Como los avisos de desastres meteorólogicos de los últimos días, que, al contrario, después de muchas lluvias nos están regalando un sol reparador.

La portada de mi calendario de 2010

2010 me parece un buen año y espero que su tipografía abunde, porque me resulta simpática a la vista. Desde la mesa donde escribo, me mira un año diferente, recién empezado, desde un calendario con ilustraciones de Nueva York de aire vintage, que ya me guiñó el ojo cuando nos encontramos en la preciosa Biblioteca Pública de NYC y que por fin he podido estrenar después de varios meses de espera. No creo en la suerte, pero me reconforta sentir buenos augurios.

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En los últimos días he tenido oportunidad de callejear Madrid, que ha sido mi ciudad durante la mitad de mi vida y a la que vuelvo de forma recurrente, porque conservo allí mi familia y mis raíces, y por la que mantengo intacta mi devoción. Soy del Madrid de Centro, de la Plaza Mayor y el bullicio de Carretas o la Gran Vía. Navidad no es el mejor momento para callejear por allí, salvo que a uno le emocionen los empujones y no le agobien las masas. Aunque me manejo con la soltura de la experiencia, prefiero las mañanas tibias de sol de un domingo cualquiera o esas horas de la noche, casi fantasmales, cuando las tiendas han echado el cierre y el aluvión de turistas se ha retirado.

A Madrid llega cada vez más gente y se nota mucho en esos puntos imprescindibles de las guías turísticas, que se llenan de objetivos y flashes y, cada vez más, de turistas extranjeros. Es uno de los grandes cambios que, sin embargo, no consigue otorgarle el aire cosmopolita de otras ciudades que gozan de menos recursos y méritos. El rasgo más característico de Madrid es lo mucho que se vive la ciudad. De día, de noche o de madrugada y a todo lo que ofrece, el madrileño se lanza con intensidad. Y para ser madrileño no se precisa más carta de identidad que caer por sus calles, salvo que uno, por voluntad propia, se resista a serlo.

Pero hay mucha diferencia entre vivir y recrear, entre la naturalidad de lo cotidiano y lo artificial. Recorriendo el Centro me he encontrado con un irreconocible Mercado de San Miguel, recién remodelado como paraíso del gourmet y de bolsillos bien provistos en general. No tiene nada que ver ni con lo que fue, ni con el Mercado de la Cebada ni, por ejemplo, con el barcelonés Mercado de la Boquería, que siguen siendo plazas de abastos, con su declive y su tipismo. No entiendo el afán por inventar un Madrid falso, de escaparate y disimulo que camufla otro quizás más imperfecto, pero mucho más hermoso: el de verdad.

Puestos a elegir, prefiero la ciudad del Patio Maravillas, el centro social autogestionado que durante dos años y medio y hasta la mañana del martes ocupaba el edificio de un antiguo colegio en la calle Acuerdo, 8. Desalojado por orden judicial, sin resistencia pero con la contrariedad de ocupantes y vecinos del barrio de Malasaña, el Patio 2 está instalado desde primera hora de la noche en la calle del Pez, número 21, muy cerca del anterior. En varios informativos de televisión, señoras normales y corrientes del vecindario lamentaban la pérdida de un servicio a la comunidad. No he necesitado pisar el primer Patio de las Maravillas para entender que en estas cosas late la esencia del Madrid rebelde, nuestro Madrid.

Sobre el desalojo del Patio Maravillas, dejo el enlace a la noticia en elpais.com y en 20minutos.es

El nuevo Mercado de San Miguel, al lado de la Plaza Mayor de Madrid. (La foto, flojita como ven, la he perpetrado yo misma).

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