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Archive for the ‘Desde el iPhone’ Category

He hablado en otras ocasiones de Madrid, mi Madrid, el foro, la ciudad con un latido rotundo en la que crecí, de edad y como persona, y a la que sigo volviendo casi sin dejarla. En los últimos meses, he estado en Madrid con mucha más frecuencia todavía de lo habitual y he recuperado ese sabor de ciudad irreverente, alternativa, mosaico y, sobre todo, libre. Por temporadas Madrid ha padecido la incomprensión de quienes han recibido la encomienda de su gobierno, pero tengo la impresión de que la personalidad de la propia ciudad, tan diversa, ha acabado por imponerse a la de sus gobernantes.

Del Madrid de Carlos III, de Tierno, de Gallardón se ha transitado al Madriz de los madrileños, que llevan en su libertad el privilegio de haber nacido en cualquier otro sitio. Lo he contado otras veces aquí mismo, me apasiona Madrid y aprendí a saborearla aún más después de una primera visita a Nueva York. En el latido callejero de las ciudades se siente su verdadero ser y el de Madrid es tan fuerte, tan personal, que resulta imposible resistirse a tomarle el pulso.

A eso se dedican algunos lugares especiales que se han colocado la ´zeta´ con la que los madrileños llaman a su ciudad (su ciudaz, más bien), para promocionar una dimensión de Madrid que no aparece en las guías turísticas. La que palpita en sus calles, en sus tiendas, en sus bares y hasta en sus genuinas cañas, tiradas como sólo en Madrid saben hacerlo. Seguramente también tenga inconvenientes, pero permitanme que hoy no me apetezca verlos. Prefiero recomendar un paseo por la Madroñosfera de Madrid me mata o una visita a cualquier esquinazo del Madriz 2.0. Con zeta, naturalmente.

Aquí dejo un pedacito de mi Madriz, sin afán artístico. Mi primer vídeo desde el iPhone.

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El verano es para hacer cosas diferentes, ya lo he dejado dicho por aquí. Entre ellas, se encuentra el miniblog que empecé a principios de agosto y por el que me he prodigado en estas últimas semanas. Se trata de un formato más ligero y, sobre todo, más sencillo de editar, que me ha permitido postear desde el móvil, a pesar de que la cobertura de la red de datos no es mala: es peor. Hace tiempo que utilizo “Desde el iPhone” como una categoría más de este blog. Hasta ahora, me servía para identificar las fotografías tomadas con el teléfono, al que este verano he empezado a sacar partido como escritorio móvil. Escribir con un dedo sobre una pantalla mínima, no resulta el medio óptimo, pero sirve cuando no hay otro. Lo he utilizado para publicar un pequeño diario del Camino de Santiago que he completado en las dos últimas semanas, después de la andadura que inicié en el verano de 2008.

Mientras no he estado aquí, me he dejado ver por “De poca importancia“, el miniblog que he identificado como el hermano pequeño de este Post Secret. Una excursión más del verano y una experiencia muy satisfactoria. Tanto, que quiero que continúe después, porque me encuentro cómoda en ese formato. Aquí dejo el enlace, para quien quiera visitar mi casa de verano y saber qué ando haciendo:

La llegada

El final de una empresa que ha durado dos años y más de setecientos kilómetros está cargado de emociones. He llegado a Santiago temprano, antes de que la ciudad empezara a desbordarse de visitantes y me ha invadido la alegría cuando las torres de la catedral han empezado a asomar entre las calles estrechas. Hasta ayer mismo, no tuve la certeza de que conseguiría llegar, después de mucho esfuerzo, algunas calamidades y un inmenso aprendizaje vital. Santiago como meta es un icono con un fuerte valor simbólico. La verdadera llegada, como el Camino mismo, es, en realidad, interior. (Santiago, 12 agosto 2010)

Catedral de Santiago, desde la plaza del Obradoiro.

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Recuerdo bien cuando me atrapó la magia de la noche de San Juan y en qué momento se me escurrió de las manos. El Tajo corría algo menos pobre y la orilla, junto al Puente Viejo, era una escombrera. Hace ya muchos veranos que una noche corta se prolongó muy largo. Después de que la hoguera fuera rescoldos y el vino se hubiera aguado del todo, una guitarra seguía acompasando las voces, rotas ya, deslabazadas siempre. La leña, el árbol, las hierbas, los conjuros… Y la sorpresa que se revelaba a aquel grupo, pequeño, en torno al fuego y al maestro de ceremonias. Disponiéndolo todo, haciendo elogio del solsticio de verano y de sus realidades y leyendas, de los placeres y los días, estaba José Luis Reneo, el pretexto de unión de una convocatoria no oficial.

La noche de San Juan fue una de las imaginaciones fértiles que supo hacer realidad. Durante unos años la disfrutamos, mientras al grupo, mínimo al principio, se le iban ensanchando las costuras. Acabó creciendo tanto, que se convirtió en otro y José Luis cogió conjuros y yesca y, con generosidad, cedió sus hogueras. Hasta entonces creo que no falté a ninguna cita de aquella comuna que cada año se iba haciendo más grande y se volvía un poco más ajena, y que resulta difícil de identificar en la fiesta masificada, institucionalizada y subvencionada que ahora se celebra a unos metros de las riberas, alicatadas de ladrillo visto. Son signos de los tiempos.

El Tajo pasa más mermado y sucio todavía que entonces. A días corre para volver a Albarracín, no para bajar a Lisboa, porque el aire puede más que la corriente. Duele verlo, como escuece la disputa en torno a lo que poco que van dejando del río, después de treinta años de trasvases y de toda una vida sin orden, ni concierto; sin apenas depurar las aguas residuales, ni fijar unos mínimos que permitan que el cauce no discurra muerto en amplios tramos.

Después de las jornadas de reivindicación del 19 y el 20-J, no hay que dejar de mirar al Tajo. Vigilantes y con la esperanza en que habrá otro Tajo, renacido de la rabia y de la idea, como cantó Machado:

La miseria que ha gobernado al Tajo va a tener su mármol y su día. Ya queda menos. Seremos testigos de ello. Entonces volveremos junto al laurel y lo celebraremos. Y el tribunal de la sedienta orilla dictará sentencia sobre los hombres y las mujeres que lo hicieron posible, los valientes; y también dirá de los cobardes, de los que hablaron y no hicieron; de los que pudieron, y al final temblaron. De los traidores, de los que siempre acabaron vendiendo al Tajo y su tierra. Pero, sobre todo, quedará constancia de los leales y firmes, de los que supieron lo que vale su tierra y sus ríos. Entonces, ese día, vendremos aquí otra vez, reiremos, beberemos bajo la música, y desde la sombra de los laureles bajaremos hasta el Tajo regresado. Que no os quepa duda: ese día llegará. (Palabras finales del manifiesto leído el 20 de junio de 2010 en los Jardines del Prado de Talavera)

Río Tajo a su paso por Talavera (Foto: C.S.J.)

Río Tajo a su paso por Talavera (Foto: C.S.J.)

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Esto es lo que engancha. Lo dice el presidente de la Junta de Cofradías, Angel Mariano García-Loarte, mientras trajina por la desangelada nave de la iglesia de San Prudencio. Es sábado a mediodía y en su cofradía, el Santo Sepulcro, están poniendo a punto los pasos y las imágenes que saldrán en la procesión del Santo Entierro. Falta casi una semana, pero viendo la actividad parece que apenas queden unas horas para salir a las calles.

Días antes de que las trompetas y tambores retumben, la guardia pretoriana de las cofradías se entrega a los trabajos más íntimos en la trastienda de la Semana Santa. Hay que bajar a a las vírgenes de los altares y sacar a los cristos de las capillas, y vestirlos en ceremonias lentas que rozan el misticismo. Hay que preparar los cirios que se colocarán sobre los pasos y cuajarlos también de flores. La liturgia que precede a la semana de Pasión responde a un guión pautado, que las hermandades aplican casi como una plantilla, con una excepción: las emociones. Más allá de las convicciones religiosas o de la ausencia de las mismas, la Semana Santa es una expresión popular muy intensa. Mucho más cuando se mira hacia la forma de vivirla desde dentro de las cofradías. Este año he podido compartir alguno de esos momentos tan especiales, un privilegio muy hermoso.

Desde que tengo recuerdos, la Semana Santa me ha atraído, igual que otras manifestaciones del fervor popular. Me provocaba, no obstante, una sensación contradictoria, porque me he acercado siempre desde un distanciamiento intelectual, con un interés casi etnográfico. Quizás, porque no había entendido el sentimiento religioso hasta que lo tuve al lado en el Camino de Santiago. Esa experiencia no me convertió a una fe que no tenía, pero me ha hecho ahondar en el mayor aprendizaje que he afrontado en la vida, el respeto, y me ha ayudado a ir soltando un lastre inútil: los prejuicios. He descubierto que  resulta mucho más fácil y más sano entenderse. Comprender y dejar que te comprendan.

Ensayo de la salida de la Virgen de la Paz, en la iglesia de las Bernardas

Ensayo de la salida de la Virgen de la Paz, en la iglesia de las Bernardas

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Hace unos años se generó una de esas polémicas correosas a cuenta del destino de la colección Carranza. Se presentaba como la mayor colección privada de cerámica del mundo, aunque hace poco la veía reducida en una publicación a una de las mejores de Europa, y es  propiedad de Vicente Carranza, un coleccionista vocacional que tiene su propio museo en la fábrica familiar, Paz y Cía Cerámicas. Después de una exposición temporal en el claustro de La Colegial, como ‘Ciudad de la Cerámica’ Talavera aspiró a albergar la colección Carranza y llegado el momento, su Ayuntamiento aceptó con la deportividad que le caracteriza que se instalara en el Museo de Santa Cruz, en Toledo. Estaba ya José Francisco Rivas en la Alcaldía y dijo entonces que nada se podía hacer contra la voluntad del coleccionista.

Se adaptó ex profeso una zona del Museo, con el pertinente proyecto, se invitó a los Duques de Lugo a la inauguración y se editó en dos gruesos volúmenes de tapa dura “Lozas y azulejos de la Colección Carranza”, una suerte de catálogo de la exposición permanente que se acababa de inaugurar. La colección tiene de todo y tiene, por supuesto, ‘Talaveras’, pero es más amplia. El interés de exhibirla en Talavera residía, no obstante, en que suponía un complemento natural del Museo de Cerámica Ruiz de Luna, cuyos fondos -los que están expuestos y los que no- superan en variedad, calidad y criterio expositivo a la colección de Vicente Carranza. Por cuestión de criterio expositivo precisamente, en Talavera no fue acogido con entusiasmo que se encargara el proyecto de la ampliación del Ruiz de Luna a Alfonso Pleguezuelo, que había realizado el del Santa Cruz.

El acuerdo con el coleccionista, la adaptación del Museo de Santa Cruz y los dos volúmenes del catálogo fueron decididos y costeados por la Junta de Comunidades, que incluyó en el mismo paquete la exhibición de una parte de los fondos en Daimiel, localidad natal de Carranza. Molestó bastante en Talavera que se volcaran con tanto exceso, cuando tan poco se hacía por divulgar y apoyar la cerámica talaverana.

Esta semana, el presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, ha visitado a los ceramistas que, con Cerámica San Ginés al frente, trabajan en el mural más grande del mundo. Desde aquella polémica, allá por los inicios de la década, hasta ahora, han mejorado algo las cosas, pero no ha habido hacia la cerámica de Talavera un gesto de generosidad, como el que el gobierno regional tuvo entonces hacia una colección privada. Se agradece el cariño, sobre todo en épocas malas, y tampoco decepciona comprobar que la mayoría de las iniciativas siguen surgiendo de la sociedad civil, encabezada en estos casos por la Asociación de Amigos del Museo Ruiz de Luna. Quienes forman parte de la asociación, lo entienden como un ejercicio de ciudadanía.

A ellos no les ponen laureles. A Vicente Carranza le entregaban el sábado el título de Ciudadano Honorario de Toledo, otorgado por el Ayuntamiento de la ciudad en agradecimiento a que en 2001 decidió que se mostrara allí parte de su colección de cerámica. Un título bien ganado, sin duda.

Todos los medios han publicado las imágenes de Barreda dando unas pinceladas simbólicas en el mural más grande del mundo, pero estas dos son una primicia de este blog. Son las periodistas Blanca Bermejo (COPE) y Natalia Tejero (La Tribuna). Las tres quisimos dejar una pincelada y pudimos hacerlo por gentileza de Mariano Eugercios (San Ginés), con el asesoramiento de Marisa Esteban. Gracias.

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Cuatro grados bajo cero es un frío respetable, que se corresponde con un invierno como los de antes. Acostumbrados como estamos a los de ahora, amables y tibios, es normal que la racha que arrancó allá por Año Nuevo nos tenga con los pelos de punta. No somos nórdicos ni vivimos en los Pirineos, esto es la meseta y en el siglo XXI, con su calefacción por todas partes, su ropa térmica y sus comodidades sin fin, el frío se ha convertido en algo muy molesto.

Hace poco el periodista Antonio San José ofrecía una charla en Talavera durante un curso en el CEU, en la que se extrañaba del despliegue de medios y el derroche de tiempo que se dedica en los espacios informativos para contar hechos que son tan naturales que no pueden considerarse noticia. A saber, que en verano hace calor y frío en invierno. Su teoría se resume en que al espectador que está recogido en casa, al fresco o a lo calentito, según la estación, le gusta ver como sufre el redactor que llena interminables minutos de directos con todos los tópicos que se le ocurren. Al margen de la nevada del fin de semana, he leído estos días bastantes opiniones críticas sobre la contradicción de que se dedique tanto espacio informativo a hablar del frío. En algún momento hemos llegado a tener la impresión de no encontrarnos en el sofá delante de la televisión, sino en el ascensor, buscando tema para romper un silencio incómodo. El tiempo da para mucho, menos para lo que debería dar. Lo ha contado muy bien la periodista Rosa María Artal en su blog, El Periscopio: como en el ascensor, se habla del tiempo para no tener que hacerlo de otras cosas.

Rosa María Artal: Nada que decir

En una ciudad como Talavera, una nevada como la del domingo se convierte, por lo raro, en un acontecimiento que no distingue entre edades. Aquí, dos adultos en plena guerra de bolas de nieve.

En una ciudad como Talavera, una nevada como la del domingo se convierte, por lo raro, en un acontecimiento que no distingue entre edades. Aquí, dos adultos en plena guerra de bolas de nieve. La foto la hice con un iPhone.

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