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Posts Tagged ‘Carmen Martín Gaite’

La escritora Carmen Martín Gaite describía muy bien la intensidad del proceso de creación literaria. Una tarde de verano en Santander, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, la escuché contar como el hombre de negro, protagonista de su novela “El cuarto de atrás“, la requería volver a casa con urgencia y dejar amigos y encuentros, para seguir escribiendo. Se preocupaban sus próximos porque creían que atravesaba una fase de excesivo retraimiento y, contaba ella, que sonreía entonces para sus adentros porque todos desconocían, claro, sus citas secretas con el hombre de negro y cuanta plenitud daba a aquel momento de su vida ese personaje cuya presencia sentía de forma casi física.

Fue aquello a finales de los 90, porque Martín Gaite, Carmiña, murió en el verano de 2000, y ya no pudo acudir al curso de la Menéndez Pelayo en el que yo estaba deseando volver a encontrarla. Tenía una gran capacidad de comunicación y no he conocido a otro escritor que sepa explicar con esa transparencia la trastienda de la creación literaria. Me pesó su muerte y un tiempo después me emocioné con una exposición que le dedicó Círculo de Lectores, en la que se enseñaban sus ‘cuadernos de todo‘, libretas dispares que llenó durante toda su vida con apuntes personales, notas y hasta capítulos enteros de sus libros, dibujos y hasta collages, y que bautizó su hija cuando tenía cinco años. En el estudio de casa, siempre cerca de la mesa desde donde ahora escribo, hay una foto de esa exposición, con Carmiña y los cuadernos, y entre mis libros un tomo grueso, una edición que se publicó en 2002 de los “Cuadernos de todo“, que en mi memoria siguen siendo los de la caligrafía clara y las portadas de recortes que vi entonces, conmovida.

Aunque soy solo periodista, a veces siento cerca al hombre de negro. Hay temas que atrapan; desde que los empiezas a imaginar como proyecto, seducen. Y más cuando estás sobre el terreno; y todavía más, mucho más, cuando llega el momento de escribir. Ese final lo aplazas, porque sabes que cuando pongas el último punto todo habrá acabado y te gustaría alargarlo.

Me acaba de pasar con una entrevista al poeta Joaquín Benito de Lucas. Es el género informativo en el que me encuentro menos cómoda, quizás porque en prensa escrita las entrevistas pueden quedar forzadas. También porque la política ocupa una parcela demasiado amplia del trabajo periodístico y la mayoría de los entrevistados de ese mundillo se obstinan en recitar su catecismo. Después, editar una entrevista se convierte, aún en el mejor de los casos, en un trabajo complicado para atrapar los matices.

La conversación con Benito de Lucas fue sin reloj y fluida. La había preparado con tiempo y quise que fuera muy entretenida en la edición. El personaje, un poeta en vísperas de presentar la publicación de sus obras completas, se prestaba. Mientras hablábamos me daba cuenta de que es una de las entrevistas más sinceras que me han dado, con sus ironías, sus intimidades y alguna amargura. Y que para una periodista eso es un regalo. Durante días he arrancado la mañana disfrutando del secreto de que me esperaba el hombre de negro. Ese tipo esquivo que a veces tarda tanto en dejarse ver.

De los "Cuadernos de todo", de Carmen Martín Gaite.

Dejo una cita para enmarcar: “Talavera es algo que tienes enganchado a tu vida y de lo que no quieres ni puedes separarte”. Y el enlace a la entrevista, publicada en La Tribuna el 28 de febrero, para la que Manu Reino hizo una fantástica sesión de fotos: “Cuando estás alegre vives, cuando estás triste escribes“.

El libro con las obras completas de Joaquín Benito de Lucas, “La experiencia de la memoria“, se presentó el 24 de febrero en Talavera y pronto estará en el Ateneo de Madrid.

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Nueva York se conoce sin necesidad de poner el pie en Times Square y al volver, se siente el mismo impacto de la primera vez. Dos años después, he disfrutado lugares comunes, que ya lo eran antes de haberlos materializado. No sé contar cuántas veces antes y después de hacerlo he visto la ciudad iluminada desde las alturas del Empire, ni el ‘zoom’ de la panorámica desde el ferry de Staten Island, o he experimentado la explosión vital del puente de Brooklyn o  Central Park, que parecen repletos de extras dispuestos para la próxima superproducción. Después del primer viaje esos escenarios quedaron como mi catálogo favorito de tópicos neoyorquinos, con los que no he descubierto la pólvora, pero he sentido el pulso de esa ciudad única. Luego lo he encontrado con más calma en las tardes de la Quinta y de cualquiera de las grandes avenidas, en los mediodías de Bryan Park o en las noches de Greenwich Village. Todo eso y mucho más ha quedado asociado a una expresión que he escuchado como una letanía inyectada en adrenalina, en las idas y venidas por Manhattan y que es ya permanente evocación de la ciudad: “¡Qué pasada, qué pasada, qué pasada!”.

Entre tantas sensaciones me decido por una muy personal, uno de esos hallazgos en apariencia casuales. Hablo de un barrio, Morningside, en Harlem y de un parquecillo. Esa mañana lloviznaba bajo un cielo plomizo y una humedad pegajosa. Llegamos buscando una iglesia de la que acabamos desistiendo, en beneficio de una pequeña, de las que no aparecen en las recomendaciones, pero que resultó un hallazgo emocionante. Antes de eso fuimos en metro, caminamos, tomamos un taxi y otra vez perdidos después de pasar por la Universidad de Columbia aparecimos delante de Morningside Park. De esa forma se descubre que hay lugares que existen más allá de los cuentos. Apenas se veía gente, pero de un momento a otro esperaba que apareciera la abuela de “Caperucita en Manhattan”, con aquel vestido de seda verde que la niña Sara Allen asociaba a las grandes ocasiones.

No sabría decir si es una novela corta o un cuento largo, pero sí que sobre esa obra de Carmen Martín Gaite, recién releída esos días, se ha construido en buena parte mi geografía de Nueva York. De forma inesperada me encontraba atravesando el barrio y el parque por el que en el relato planeaba la sombra de los crímenes siniestros del vampiro del Bronx. Como Sara, la protagonista de “Caperucita en Manhattan”, también llevo incorporado aquel espacio a mi  Nueva York particular:

Sus primeras fantasías infantiles se habían tejido en torno a aquel nombre -Morningside-, que le parecía maravilloso por el sonido que tenía al decirlo, como de aleteo de pájaros, y también, claro, porque significaba “al lado de la mañana”, que es cosa muy bonita (…)

Había iniciado el viaje soñando rozar el cielo, como en “Tu y yo”, y en el equipaje de vuelta me traía la dulce sensación de haber estado además al lado de la mañana. De haberme colado en un cuento.

Morningside Park, 25 de agosto de 2009

Morningside Park, 23 de agosto de 2009

No es intencionado que esta entrada con Nueva York de protagonista se publique el 11-S, pero he leído que justo hoy se cumplen 400 años del descubrimiento de la isla de Manhattan y me gusta esa coincidencia. Yo la he descubierto bastante después de esa fecha y me queda la convicción de que seguiré haciéndolo muchas veces. Mucho de este segundo descubrimiento se lo debo a la cicerone mayor del trío expedicionario, Natalia, por su inagotable mundología neoyorquina y por esa manera suya tan contagiosa de disfrutar de cada momento. Sin Alberto, el tercero en concordia e intérprete no oficial del grupo, habríamos tenido mucho más difícil llegar ni a la vuelta de la esquina ni a las cervezas más fresquitas de la city, aunque hablando de descubrimientos su buen humor queda entre los memorables.

En el Empire, después de rozar el cielo.

En el Empire, después de rozar el cielo.

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