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El Tajo suena

Me lo decía emocionado Manu Reino: el Tajo suena. Con permiso de los especialistas en fotografía de naturaleza, de los que hay buena cantera en Talavera, Manu Reino, compañero del periódico, debe ser uno de los fotógrafos que mejor conozca el Tajo. Le ha echado mucho tiempo, cargado de equipo y de conocimiento de lo suyo, lo mismo esperando las primeras luces que atrapando las últimas del día, para conseguir quizás las imágenes más hermosas del río. El tiempo y la mirada le convierten en un buen conocedor del entorno del Tajo; por su trabajo ha conocido las circunstancias más desfavorables del río y eso le ha permitido desarrollar una sensibilidad especial, además de compromiso.

Ayer dediqué la mayor parte de la lluviosa mañana a pasear por el Tajo y, en efecto, resulta emocionante no reconocerlo. Hay que volver la vista más de diez años atrás para recordarlo tan bravo. Suena como un río, tiene patos y otros bichejos con plumas que por falta de costumbre no sé identificar, pero que entablan permanente conversación, y ¡lleva agua! El Tajo de ahora en Talavera tiene, en resumen, vida y con la alegría de constatarlo queda la evidencia de que eso que de común queda entre la Ronda Sur y el Paredón de los Frailes se parece más a un fósil que a un río.

Los paseos sumergidos de la magna obra que el Ministerio de Medio Ambiente ejecutó cuando alicató las riberas, dejan otra constatación. Que en los planes del Ministerio y de su brazo ejecutor, la Confederación Hidrográfica del Tajo, figura que el río no debe llevar caudal. Porque cuando está vivo de esos paseos sólo son visibles, y eso en algunos puntos, los boliches de las barandillas.

Un río es mucho más que el espacio entre sus dos orillas. Para comprobarlo, sólo hay que acercarse estos días al Puente Viejo, a la presa de los Molinos o a cualquier punto intermedio. Deberían hacerlo todos los talaveranos que puedan, para que no se nos olvide qué estamos reclamando cuando pedimos que nos devuelvan el Tajo, y para que se nos grabe que tenemos la obligación permanente de exigirlo.

Por alguna razón que no sé precisar, las bandadas de patos en formación planeando sobre el agua me recuerdan a Las Tablas de Daimiel, que sólo conozco por documentales y reportajes de prensa. Si se ha trasvasado agua del Tajo a un paraje del Guadiana para recuperarlo, no puede ser difícil que ese mismo agua salve el ecosistema al que pertenece, el del gran río peninsular. El que se liquida cuando se deseca el cauce. Porque eso, y no los paseos de losetas y adoquines ahora felizmente cubiertos por el agua, eso, es el río.

Río Tajo en Talavera, 27 de febrero de 2010

Las fotos de Manu Reino con el Tajo en vida se publicarán hoy en un reportaje de Javier Moreno. Esta, a años luz, la he perpetrado yo.

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Hay gestos mínimos, que en momentos inciertos te ayudan a anclarte al mundo. Llegan cuando deben, sin que se les espere, y se deslizan con la sutileza de un suspiro. Sólo cuando se han colado dentro te das cuenta de que eran rabiosamente imprescindibles y de que no cabía un instante más de espera, porque te habrías ahogado. Tengo pocos espacios en los que hablo en primera persona, por eso es mejor que diga que uno de esos gestos menudos ha ido a caer en el epicentro de donde estaba necesitando sentir quién he sido y quién, en esencia, no he dejado nunca de ser.

No conozco ancla más fuerte que la amistad y los años convierten las amistades antiguas en cimientos. Recios, hondos, auténticos. Llevo días ensimismada por el redescubrimiento de ese principio elemental y en recorrerme en todas direcciones las páginas de un libro. Me han regalado dos en una semana, ambos muy deshojados ya, porque los libros son de los regalos que más aprecio.

¿Y si pongo una palabra?” (Editorial Demipage. Madrid, 2009) es un libro pequeño, muy especial en todo. Recoge canciones escogidas de Antonio Vega y cubre el desnudo de la música con una juguetona composición tipográfica. Se había terminado sólo unos días antes de la muerte del artista, pero no he sabido de su existencia hasta ahora. Me parece un libro hermoso, en todos los sentidos, que sólo podía llegarme por alguien que me conocería de tiempo atrás o lo bastante para saber que Antonio, su música, su historia, llegó a ser una pieza en el puzzle de una parte de mi vida que nunca querré olvidar. Lo evoco con levedad, porque el paso del tiempo ha endulzado la nostalgia, paladeando, verso a verso, la canción que más veces he escuchado entre una discografía que casi puedo recitar:

Donde nos llevó la imaginación

donde con los ojos cerrados

se divisan infinitos campos.

Donde se creó la primera luz,

germinó la semilla del cielo azul.

Volveré a ese lugar donde nací.

De sol, espiga y deseo son sus manos en mi pelo.

De nieve, huracán y abismos el sitio de mi recreo.

Viento que en su murmullo parece hablar,

mueve el mundo y con gracia le ves bailar,

y con él el escenario de mi hogar.

Mar bandeja de plata, mar infernal,

es un temperamento natural,

poco o nada cuesta ser uno más.

De sol, espiga y deseo son sus manos en mi pelo.

De nieve, huracán y abismo el sitio de mi recreo.

Silencio, brisa y cordura dan aliento a mi locura.

Hay nieve, hay fuego, hay deseos, allí donde me recreo.

(El sitio de mi recreo)

El otro libro es un capricho que no se me habría ocurrido: “Madrid&New York, semejanzas” (Ediciones La Librería. Madrid, 2009). Con prólogo de Elvira Lindo, textos de Ángel del Río y fotos de Raúl Cancio, explora parentescos entre dos ciudades que me embrujan. Redescubrí Madrid, mi casa durante casi media vida, después de un primer viaje a Nueva York y no me parece extraño buscarlas parecidos.

Nueva York y Madrid comparten algo de ese latido interno de las grandes urbes que están habituadas a redimirse a sí mismas. Se parece a compartir los años y los sobreentendidos de la amistad. Ese territorio de afectos sin condiciones, que se navega sin necesidad de brújulas, ni mapas.

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