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Posts Tagged ‘Maruja Torres’

No dejo de leer artículos y post con un título repetido: Haití. No hace falta decir más, el titular es como un compromiso y encierra una manera de entender esta tragedia, más allá del suceso abismal del terremoto. Las catástrofes no despiertan conciencias donde no las hubiera de antemano y la de Haití está dando altavoz a las que casi nunca se destacan, porque tenemos la atención ocupada con la evolución del IPC o los tipos de interés. Habrá que ver por cuanto tiempo, pero la mirada humana está focalizada en aquel punto del Caribe, donde ha caído primero la destrucción y después el abandono a su suerte. Desconfío de lo que llevarán, cuando lleguen, esos ejércitos que se han comprometido a enviar, en un país que dejó de tener uno propio y no precisamente por convicciones pacifistas.

Sumidos en el desgobierno, el presidente no aparece y su cónsul en Sao Paulo (Brasil) ha dicho en público que el terremoto es una buena noticia porque así se va a hablar más de su país. Todo lo contrario a la perfecta puesta en escena de los principales gobiernos, con el de USA a la cabeza, que a su vez no tiene nada que ver con la realidad de los testimonios que llegan desde Puerto Príncipe. La ayuda humanitaria que inunda los informativos no se está desplegando o llega con cuentagotas. Lo explica Pablo Ordaz, enviado especial del diario El País, en una excelente crónica de las que reconcilian con la grandeza del periodismo. La adelantaba ayer la edición digital y hoy se publica en papel:

(…) Lo que queda de Haití se resume en los carteles improvisados que, en francés y en inglés, van apareciendo en las calles. Dicen: “Necesitamos ayuda”. Pero nadie parece leerlos, porque cuatro días después del terremoto la ayuda internacional sigue siendo una anécdota, gestos de buena voluntad descoordinados, sobrepasados, impotentes (…) Para leer el artículo completo: Haití ya no existe

Sabemos de lo que ocurre por periodistas que, con medios limitados, intentan rascar un poco más allá de la evidencia. El periodista de RNE Fran Sevilla lo ha narrado en sus crónicas y también en su blog, donde confiesa como luchaba por contener el llanto durante una conexión:

Hay cadáveres en las calles, en algunos lugares apiñados, como si fueran una dantesca barricada para impedir el paso de la vida. Porque ciertamente hablar de vida en estos días en Puerto Príncipe resulta una ironía. La gente camina, lleva días caminando como sonámbula, de un lado para otro, aparentemente sin sentido determinado, sin destino, si lugar adónde ir. Todo lo que les rodea es destrucción, es desolación, como si la ciudad hubiera sido bombardeada sin tregua ni misericordia durante días y días. Del post Haití, sobrecogedor. En el blog Vagamundo, de Fran Sevilla.

Al reportero de TVE Vicente Romero le hemos visto en muchos frentes; ahora le ha tocado quedarse en la retaguardia, desde donde está haciendo una enorme labor para ayudarnos a comprender. Conoce bien el terreno que esta vez palpa desde la distancia, por eso sus análisis se encuentran entre los más clarificadores que se ofrecen sobre la situación de Haití. El reportaje Haití, terremoto en el infierno, ofrecido en un Informe Semanal especial, merece ser visto por lo menos una vez.

También hay demostraciones tremendas de lo que nunca se debería hacer desde la ética y la responsabilidad informativa, pero me voy a ahorrar citarlas. Prefiero recoger algunos de esos Haitís, con los que arrancaba, porque son una forma de desescombrar la carga de abandono que pesa sobre ese mundo olvidado.

Haití, de Miguel Ángel Sánchez en La Tribuna:

La vergüenza más descarnada es que lo de Haití se podía haber evitado, que lo que tenemos delante es ejemplo de la miseria de este mundo que sólo se sostiene en su ciclo infinito de pobreza y riqueza, de explotados y explotadores (…)

Haití, de Esther Durán en La Tribuna:

Haití, desde el martes, es un escenario de horror, un campo de muerte, un terreno sumido en la desgracia. Antes de ese 12 de enero, que ya ha pasado a la historia, era el país más pobre de todo el hemisferio occidental, con el 70 por ciento de su población viviendo en la miseria, sin ninguna educación, excepto la de unos pocos que, tras poder recibirla, salen de su lugar de origen en busca de una oportunidad que todos perseguiríamos de haber nacido allí.

Volquémonos, de Maruja Torres en El País:

No sólo la madre tierra se sacude de vez en cuando para machacar a los más parias entre sus ocupantes. El primer mundo también ayuda, con sus invasiones, sus expolios, su echar una mano a los gobiernos corruptos y su necio y nulo entendimiento de las realidades locales.

Haití es noticia, de Javier Pérez de Albéniz en su blog El descodificador:

Haití siempre ha necesitado ayuda. Nadie ha estado nunca a su lado. Es uno de esos “estados fallidos” a los que se refieren, con repugnante distancia, los expertos en política internacional. Un país más allá del alcance del derecho nacional o internacional. Un país de mierda.

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Dentro de mi ceremonial particular del 23 de abril está ir a la librería. Una parte de mi biblioteca está formada por libros que se han ido sumando en esa fecha simbólica, no exenta de marketing, pero rendida a la cultura. Desde la gran ceremonia de las Letras que supone la entrega del premio Cervantes, a la lectura continuada de El Quijote se han ido sumando propuestas imaginativas y enriquecedoras, en una oferta abundante con el libro como protagonista.

Para quienes sacralizamos el libro hoy es, por tanto, un buen día. Oportuno para rebuscar entre la memoria y las estanterías ese título ideal, porque si hay libros que te salen al encuentro, también hay días que reclaman la compañía de algún viejo conocido. En la redacción estamos preguntando por el libro favorito, tanto a los de fuera como a los de dentro, y nos hemos llevado más sorpresas con la gente de casa. No es por presumir de compañeros, pero se ve dónde hay nivel.

Como casi todo el mundo, tengo muchos libros predilectos y una considerable nómina de autores de cabecera. A este 23 de abril mío le hubiera pegado cualquier nombre relacionado con el periodismo, pero me quedo con Gabriel García Márquez, y con un título especial. Y hermoso, como todos los suyos: Vivir para contarla. Son las memorias de su infancia y juventud, en las que relata sus primeros años de periodista, en aquellas redacciones que hoy apenas alcanzaríamos a imaginar, si no fuera por sus magistrales retratos. Entre mil anécdotas recomendables, cuenta García Márquez que en uno de aquellos periódicos de su Colombia juvenil, “El Espectador”, había un tablero en el que se proclamaban para vergüenza pública los errores de redacción, marcados en rojo. Lo llamaban el muro de la infamia y antes o después nadie se libraba de pasar por allí.

La anécdota viene a ilustrar la importancia que la corrección literaria tuvo en unos periódicos concebidos casi más como un medio de expresión artística que como un vehículo informativo. De aquel aprendizaje han salido escritores como el propio García Márquez, en mi modesta opinión uno de los más perfectos en lengua española. En definitiva, nunca el periodismo de calidad ha dejado de estar emparentado con la literatura, de la que le distancia la posibilidad de fabulación, mientras se confunden en el andamiaje esencial de la construcción del relato.

Podría añadir unas cuantas reflexiones personales sobre la contradictoria relación entre la superabundacia informativa y la evolución de la calidad, o sobre como cierto alejamiento y falta de contraste van conquistando el lugar legítimo que correspondía a las normas elementales de la información. Sin embargo, me parece que el periodismo, tan proclive a la crítica para consigo y con lo que se ponga por delante, está ahora más necesitado de aliento, que de disecciones analíticas. Abundan en cantidad y en un pesimismo tal, que casi se pueden resumir en el título del libro de memorias de García Márquez.

Mi ejemplar de "Vivir para contarla". La foto es cortesía de Rodrigo Macho.

Mi ejemplar de "Vivir para contarla". La foto es cortesía de Rodrigo Macho.

Mi otro libro de este 23 de abril también tiene firma periodística. Una amiga me ha regalado esta mañana “Esperadme en el cielo“, de Maruja Torres. Premio Nadal 2009 y obra de una periodista a la que he admirado desde antes de serlo yo.

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