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Posts Tagged ‘Nueva York’

Hay gestos mínimos, que en momentos inciertos te ayudan a anclarte al mundo. Llegan cuando deben, sin que se les espere, y se deslizan con la sutileza de un suspiro. Sólo cuando se han colado dentro te das cuenta de que eran rabiosamente imprescindibles y de que no cabía un instante más de espera, porque te habrías ahogado. Tengo pocos espacios en los que hablo en primera persona, por eso es mejor que diga que uno de esos gestos menudos ha ido a caer en el epicentro de donde estaba necesitando sentir quién he sido y quién, en esencia, no he dejado nunca de ser.

No conozco ancla más fuerte que la amistad y los años convierten las amistades antiguas en cimientos. Recios, hondos, auténticos. Llevo días ensimismada por el redescubrimiento de ese principio elemental y en recorrerme en todas direcciones las páginas de un libro. Me han regalado dos en una semana, ambos muy deshojados ya, porque los libros son de los regalos que más aprecio.

¿Y si pongo una palabra?” (Editorial Demipage. Madrid, 2009) es un libro pequeño, muy especial en todo. Recoge canciones escogidas de Antonio Vega y cubre el desnudo de la música con una juguetona composición tipográfica. Se había terminado sólo unos días antes de la muerte del artista, pero no he sabido de su existencia hasta ahora. Me parece un libro hermoso, en todos los sentidos, que sólo podía llegarme por alguien que me conocería de tiempo atrás o lo bastante para saber que Antonio, su música, su historia, llegó a ser una pieza en el puzzle de una parte de mi vida que nunca querré olvidar. Lo evoco con levedad, porque el paso del tiempo ha endulzado la nostalgia, paladeando, verso a verso, la canción que más veces he escuchado entre una discografía que casi puedo recitar:

Donde nos llevó la imaginación

donde con los ojos cerrados

se divisan infinitos campos.

Donde se creó la primera luz,

germinó la semilla del cielo azul.

Volveré a ese lugar donde nací.

De sol, espiga y deseo son sus manos en mi pelo.

De nieve, huracán y abismos el sitio de mi recreo.

Viento que en su murmullo parece hablar,

mueve el mundo y con gracia le ves bailar,

y con él el escenario de mi hogar.

Mar bandeja de plata, mar infernal,

es un temperamento natural,

poco o nada cuesta ser uno más.

De sol, espiga y deseo son sus manos en mi pelo.

De nieve, huracán y abismo el sitio de mi recreo.

Silencio, brisa y cordura dan aliento a mi locura.

Hay nieve, hay fuego, hay deseos, allí donde me recreo.

(El sitio de mi recreo)

El otro libro es un capricho que no se me habría ocurrido: “Madrid&New York, semejanzas” (Ediciones La Librería. Madrid, 2009). Con prólogo de Elvira Lindo, textos de Ángel del Río y fotos de Raúl Cancio, explora parentescos entre dos ciudades que me embrujan. Redescubrí Madrid, mi casa durante casi media vida, después de un primer viaje a Nueva York y no me parece extraño buscarlas parecidos.

Nueva York y Madrid comparten algo de ese latido interno de las grandes urbes que están habituadas a redimirse a sí mismas. Se parece a compartir los años y los sobreentendidos de la amistad. Ese territorio de afectos sin condiciones, que se navega sin necesidad de brújulas, ni mapas.

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Suena bien y queda bonito. Los dos ceros hacen que 2010 parezca un año redondo, todavía más en las tipografías que tiran a panzonas. Me gustan para los números, aunque no sean las mejores para los titulares; igual que me convence ver un 2010 en letra gruesa, a pesar de que resulte difícil calzarlo porque ocupa demasiado. Aprendí enseguida a desconfiar de los titulares que salen en los primeros intentos y de los que dejan blancos, porque ni unos ni otros se suelen corresponder con lo que deberían decir. Aunque parezca increíble, el que encabeza este post, tan simple, ha tardado en salir, porque me empeñaba en complicarme cuando todo lo que quiero transmitir está contenido en esas cuatro cifras, que así, juntas, me resultan tan atractivas.

Cuando empezó la década anterior, en el periódico tuvimos que racionar primero y erradicar después el uso de esas muletillas tan solemnemente bobas sobre el cambio de siglo y de milenio, porque llegó un momento en el que casi no había información que no incluyera alguna referencia a tamaña revolución, viniera o no a cuento; algo así está pasando también con la omnipresente crisis, que salta con demasiada facilidad del inconsciente al teclado y se cuela por todos los rincones informativos.

En cambio, no sé muy bien la razón de que el cambio de década, e incluso la entretenida discusión sobre si se ha producido ya o llegará el año que viene, apenas haya llamado la atención de los medios. Puede ser que todavía nos dure el empacho del año 2000, con aquel efecto al que tanto espacio dedicamos y que no recuerdo que llegara a producir nada. Quizás porque las catástrofes que más se avisan son las que no se llegan a producir. Como los avisos de desastres meteorólogicos de los últimos días, que, al contrario, después de muchas lluvias nos están regalando un sol reparador.

La portada de mi calendario de 2010

2010 me parece un buen año y espero que su tipografía abunde, porque me resulta simpática a la vista. Desde la mesa donde escribo, me mira un año diferente, recién empezado, desde un calendario con ilustraciones de Nueva York de aire vintage, que ya me guiñó el ojo cuando nos encontramos en la preciosa Biblioteca Pública de NYC y que por fin he podido estrenar después de varios meses de espera. No creo en la suerte, pero me reconforta sentir buenos augurios.

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Acabo de leer “Historias de Nueva York“, del periodista Enric González. Me ha gustado tanto o más que la primera vez, pero lo he disfrutado de otra forma, sin tanta urgencia. Cuando sabes donde vas a llegar, dejas de tener prisa, lo que interesa es el puro placer de ir.

Leí “Historias de Nueva York” en el verano de 2007, antes de viajar por primera vez a Manhattan. Me duró una sentada y me causó un subidón, añadido al que ya me provocaba la proximidad del viaje. No fui al bar donde Dylan Thomas se tomó la última copa, ni a probar la mejor carne de la city y lamento no haber retenido lugares que ahora me parecen altamente recomendables. No seguí ninguna de las huellas que había dejado marcadas el autor, pero en cambio me quedé con su pasión por la ciudad y me empapé de su magistral forma de contagiarla.

El libro es una crónica escrita en la distancia, con hallazgos personales, sentimientos y recortes de historia, que atrapa como un imán. Me parece periodismo puro. Hace poco el escritor José Saramago describía con entusiasmo la satisfacción que llega a provocar su lectura, sin acertar a encuadrarlo en un género:

La palabra deslumbramiento no es exagerada. Libros sobre ciudades son casi tantos como las estrellas en el cielo, pero, por lo que conozco, ninguno es como éste. Creía que conocía satisfactoriamente Manhattan y sus alrededores, pero la dimensión de mi equivocación se manifestó clara en las primeras páginas del libro. Pocas lecturas me han dado tanto placer en estos últimos años. (Del Cuaderno de Saramago)

Después de leerlo, lPortada de Historias de Nueva York, de Enric González. RBA, 2006o presté y acabé por regalarlo. A algunos libros hay que dejarlos volar, porque merecen mejor destino. Éste ganó mucho con la mudanza. Hace algunas semanas volví a comprarlo para leerlo a poquitos, condurándolo, y de momento se quedará en casa, a mano.

Enric González ha sido lo que tantos periodistas hemos soñado alguna vez, corresponsal internacional. En Londres, París, Nueva York, Washington y Roma, por este orden, y ha escrito tres libros: “Historias de Londres”, “Historias de Nueva York” e “Historias del calcio”. En una profesión y un tiempo faltos de referentes éticos, me parece que él lo es, cada día desde esas columnillas de la sección de televisión de El País, su periódico, que busco como la recompensa a tanta inanidad. Disfruto leyéndole, porque me recuerda el valor de la palabra, de cada palabra, y por la envidia que me provoca su maestría para enhebrarlas.

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Nueva York se conoce sin necesidad de poner el pie en Times Square y al volver, se siente el mismo impacto de la primera vez. Dos años después, he disfrutado lugares comunes, que ya lo eran antes de haberlos materializado. No sé contar cuántas veces antes y después de hacerlo he visto la ciudad iluminada desde las alturas del Empire, ni el ‘zoom’ de la panorámica desde el ferry de Staten Island, o he experimentado la explosión vital del puente de Brooklyn o  Central Park, que parecen repletos de extras dispuestos para la próxima superproducción. Después del primer viaje esos escenarios quedaron como mi catálogo favorito de tópicos neoyorquinos, con los que no he descubierto la pólvora, pero he sentido el pulso de esa ciudad única. Luego lo he encontrado con más calma en las tardes de la Quinta y de cualquiera de las grandes avenidas, en los mediodías de Bryan Park o en las noches de Greenwich Village. Todo eso y mucho más ha quedado asociado a una expresión que he escuchado como una letanía inyectada en adrenalina, en las idas y venidas por Manhattan y que es ya permanente evocación de la ciudad: “¡Qué pasada, qué pasada, qué pasada!”.

Entre tantas sensaciones me decido por una muy personal, uno de esos hallazgos en apariencia casuales. Hablo de un barrio, Morningside, en Harlem y de un parquecillo. Esa mañana lloviznaba bajo un cielo plomizo y una humedad pegajosa. Llegamos buscando una iglesia de la que acabamos desistiendo, en beneficio de una pequeña, de las que no aparecen en las recomendaciones, pero que resultó un hallazgo emocionante. Antes de eso fuimos en metro, caminamos, tomamos un taxi y otra vez perdidos después de pasar por la Universidad de Columbia aparecimos delante de Morningside Park. De esa forma se descubre que hay lugares que existen más allá de los cuentos. Apenas se veía gente, pero de un momento a otro esperaba que apareciera la abuela de “Caperucita en Manhattan”, con aquel vestido de seda verde que la niña Sara Allen asociaba a las grandes ocasiones.

No sabría decir si es una novela corta o un cuento largo, pero sí que sobre esa obra de Carmen Martín Gaite, recién releída esos días, se ha construido en buena parte mi geografía de Nueva York. De forma inesperada me encontraba atravesando el barrio y el parque por el que en el relato planeaba la sombra de los crímenes siniestros del vampiro del Bronx. Como Sara, la protagonista de “Caperucita en Manhattan”, también llevo incorporado aquel espacio a mi  Nueva York particular:

Sus primeras fantasías infantiles se habían tejido en torno a aquel nombre -Morningside-, que le parecía maravilloso por el sonido que tenía al decirlo, como de aleteo de pájaros, y también, claro, porque significaba “al lado de la mañana”, que es cosa muy bonita (…)

Había iniciado el viaje soñando rozar el cielo, como en “Tu y yo”, y en el equipaje de vuelta me traía la dulce sensación de haber estado además al lado de la mañana. De haberme colado en un cuento.

Morningside Park, 25 de agosto de 2009

Morningside Park, 23 de agosto de 2009

No es intencionado que esta entrada con Nueva York de protagonista se publique el 11-S, pero he leído que justo hoy se cumplen 400 años del descubrimiento de la isla de Manhattan y me gusta esa coincidencia. Yo la he descubierto bastante después de esa fecha y me queda la convicción de que seguiré haciéndolo muchas veces. Mucho de este segundo descubrimiento se lo debo a la cicerone mayor del trío expedicionario, Natalia, por su inagotable mundología neoyorquina y por esa manera suya tan contagiosa de disfrutar de cada momento. Sin Alberto, el tercero en concordia e intérprete no oficial del grupo, habríamos tenido mucho más difícil llegar ni a la vuelta de la esquina ni a las cervezas más fresquitas de la city, aunque hablando de descubrimientos su buen humor queda entre los memorables.

En el Empire, después de rozar el cielo.

En el Empire, después de rozar el cielo.

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Me gusta preparar con mimo los viajes. He aprendido que se quedan entre las experiencias más valiosas que se van sumando y más duraderas. Empiezan mucho antes de echar a rodar o a volar y luego no se olvidan, por eso cuanto más mundo se recorre más ganas quedan de seguir conociéndolo.

Estos días ando enredada en  los preparativos de un viaje ya inminente: Nueva York. Será mi segundo viaje a Estados Unidos y el primero ya tuvo parada en NYC, un signo, me temo, de que empiezo a hacerme mayor, porque si bien he quedado convidada para repetir la mayoría de mis destinos, hasta ahora no había tenido ocasión de hacerlo. Una forma de prepararlo es convencional y coincide con la de cualquier otro viaje. Incluye horas, nunca se sabe decir cuantas, en internet, el repaso a las guías que me siguen pareciendo imprescindibles y la puesta en común con los compañeros de viaje, con la que se empieza a disfrutar a fondo de la experiencia sin necesidad de poner el pie en ningún aeropuerto.

Como además Nueva York es un destino tópico y al mismo tiempo muy personal porque ofrece infinidad de posibilidades, he recopilado los “para no perderse” que he podido de otros visitantes. Veremos lo que da de sí el tiempo, pero no es frecuente encontrar tantas y tan entusiastas recomendaciones y en mi caso se trata de la primera vez que las recopilo con intención de aprovechar la experiencia ajena, más allá de la anécdota.

Por último, en mis preparativos para viajar a Nueva York también dispongo de un menú propio, que ya utilicé en la primera ocasión. Además de proveerme de un buen calzado, mi entrenamiento particular incluye:

  1. Ver al menos una vez la película “Manhattan“, de Woody Allen. Cualquier excusa es buena para volver a disfrutar de un clásico; en este caso la fotografía justifica por sí sola la reincidencia. Tan potente que después de estar allí, conservo recuerdos de Nueva York en blanco y negro.
  2. Releer “Caperucita en Manhattan“, de Carmen Martín Gaite. Que esté entre mis escritoras de cabecera tiene que ver, que la historia sea una delicia importa, pero cuenta sobre todo la particular forma de refrescar el mapa de NYC.
  3. Hay muchos clásicos y modernos para escoger. En cuestión de libros se han tocado todos los géneros, pero me quedo con una pieza periodística, “Historias de Nueva York“, del maestro Enric González, con el que esta vez no me he atrevido, me digo que por tiempo, pero quizás sea por no sentir la frustración de enfrentarme a un texto difícil de igualar, con el que he disfrutado como raras veces. Lo dejo pendiente para la vuelta. En cine, “Descalzos por el parque” y “Desayuno en Tiffany’s” son un par de buenos ejemplos que merecen la pena. Además de “Manhattan”, mi otra imprescindible, en cambio, es “Tu y yo” y el momento en el que la pareja protagonista escoge un lugar para volver a encontrarse seis meses después. Tratándose de Manhattan tenía que ser el Empire State Building y el guionista dejó que Deborah Kerr nos ofreciera una razón inolvidable: es el lugar de Nueva York que queda más cerca del cielo.
Cartel original de "Tu y yo"

Cartel original de "Tu y yo"

Gracias a los colegas de Twitter por las recomendaciones y en particular a Rafael Gil , por el ‘feedback’, y a Pablo Herreros por su cordialidad y por su tiempo. Y al resto, porque, sin saberlo, entre todos han compuesto una guía de viaje muy especial. ¡Me voy a rozar el cielo!

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